Viviendo a FONDO


6 - 12 de septiembre
2009

esta semana:leo la Palabra - medito la Palabra - rezo con la Palabra - otras palabras me ayudan - imagen

 

leo la Palabra

 

Marcos 7, 31-37

Jesús volvió a salir de la región de Tiro y, pasando por Sidón y los pueblos de la región de Decápolis, llegó al lago de Galilea. Allí le llevaron un sordo y tartamudo, y le pidieron que pusiera su mano sobre él. Jesús se lo llevó a un lado, aparte de la gente, le metió los dedos en los oídos y con saliva le tocó la lengua. Luego, mirando al cielo, suspiró y dijo al hombre:
–¡Efatá! (es decir, “¡Ábrete!”).
Al momento se abrieron los oídos del sordo, su lengua quedó libre de trabas y hablaba correctamente. Jesús les mandó que no se lo dijeran a nadie; pero cuanto más se lo mandaba, tanto más lo contaban ellos. Llenos de asombro, decían:
–Todo lo hace bien. ¡Hasta hace oir a los sordos y hablar a los mudos!

 

medito la Palabra


Si nos dejamos guiar por Jesús podremos tener abiertos los oídos para escuchar y los labios para hablar.

Para escuchar tanto a Dios como a los demás, sin hacerse el sordo ni a la Palabra ni a la comunicación con el prójimo.

Para hablar tanto a Dios como a los demás, sin callar en el testimonio de nuestra fe.

¿Dejamos hablar y sabemos escuchar?
¿Tenemos los oídos atentos para escuchar la Palabra y ponerla en práctica?


rezo con la Palabra


S
eñor de la Vida,
te ofrezco mi persona
para ser portavoz de tu mensaje.
En mi voz tus palabras, Señor,
para dar a conocer
tus enseñanzas.
En mi voz tus palabras, Señor,
para servir a tu causa
y anunciar tu presencia.
Abre, Jesús,
nuestros oídos y boca,
para llenarlos de tu mensaje,
para ser tus testigos
y el eco de tus palabras.


otras palabras me ayudan

 

El poeta alemán Rilke vivió un tiempo en París. En su trayecto a la universidad, todos los días, pasaba junto a una amiga francesa, por una calle muy frecuentada.
En una esquina de esta calle estaba siempre una mujer que pedía limosna a los transeúntes. La mujer se sentaba siempre en el mismo lugar, inmóvil como una estatua, con la mano extendida y los ojos fijos en el suelo. Rilke nunca le daba nada... mientras que su compañera solía darle alguna moneda.
Un día, la joven francesa, asombrada, le preguntó al poeta:
- ¿Por qué nunca le das nada a esta pobrecilla?
- Le tendríamos que regalar algo a su corazón, no solo a sus manos -respondió el poeta.
Al día siguiente, Rilke llegó con una espléndida rosa, la puso en la mano de la mujer y se disponía a continuar el camino.
Entonces sucedió algo inesperado... la mujer alzó su vista, miró al poeta, se levantó como pudo del suelo, tomó su mano y la besó... luego se fue, estrechando la rosa contra su cuerpo.
Durante una semana nadie la volvió a ver. Pero ocho días después, la anciana apareció de nuevo sentada en la misma esquina, silenciosa e inmóvil como siempre.
- "¿De qué habrá vivido todos estos días que no recibió nada?"-preguntó la joven francesa.
- "De la rosa" - respondió el poeta

 

la imagen

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