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Catalán

Tiempo Interior

 

Educar en el silencio, la interioridad, la oración.

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El encuadernador

El taller de encuadernación se hallaba envuelto en suave penumbra; acurrucado en una calle de la parte vieja de la ciudad. Estanterías de madera se alzaban junto a las paredes. Libros de toda edad y época esperaban en los anaqueles. Unos tenían el espinazo destrozado. Otros mostraban un rostro arañado y desfigurado. Algunos habían perdido el orden interior tras sufrir innumerables batallas. Todos esperaban que el señor Ferrer les tomara entre sus manos para obrar en ellos el milagro de la lozanía inicial.

El señor Ferrer era un artesano metódico y fiel al oficio aprendido en su juventud. Llegaba puntual al taller. Se colocaba el guardapolvo de color gris. Acto seguido revisaba las herramientas: prensa para sacar cajos, cizalla, agujas, hilo y leznas… Observaba con especial atención el filo de las chiflas; esas cuchillas anchas que utilizaba para raspar y ajustar las finas pieles que colocaba en las encuadernaciones de lujo. Luego tomaba entre sus manos los libros. Con mirada atenta diagnosticaba el mal que padecía cada uno de ellos y los agrupaba en montones, según la intervención que debía realizar. La mañana transcurría cargada de silencios activos.

Alguno de sus clientes eran profesores de la universidad que le traían libros rescatados del olvido. La secretaria de la biblioteca municipal acudía periódicamente con una bolsa llena de sufridos ejemplares maltrechos tras años ininterrumpidos de préstamo. Incluso acudía algún párroco que pretendía devolver el esplendor inicial a los ejemplares litúrgicos de su iglesia. El encuadernador tenía para cada uno de ellos una acogida afectuosa y una respuesta profesional. Una complicidad le unía a sus clientes.

Quienes no frecuentaban casi nunca aquel taller eran los dos hijos del encuadernador. Estudiaban en la universidad. Su mundo era distinto. Atrás quedaron los años en los que el señor Ferrer pretendió iniciarlos en el arte de la encuadernación. Prontamente abandonó su propósito.

Sus hijos raramente tomaban un libro entre las manos. Su mundo era un mundo virtual, informatizado y digital. Entusiastas de la informática y orgullosos de las nuevas tecnologías, ansiaban la comercialización  de libros digitales.

Cuando los hijos pasaban ocasionalmente por el taller, sus palabras resultaban extrañas al señor Ferrer: eficacia digital, agilidad en la transferencia de información y datos, facilidad de almacenaje en soporte informático… expresiones que hacían obsoletos los libros. Incluso argumentaban razones ecológicas para eliminar todos los ejemplares, lanzando una frase que a él le sonaba a amenaza: ¡Soporte de papel, cero!

Cuánto le hubiera gustado transmitirles la experiencia de tomar un libro entre las manos: cada hoja es una ventana abierta al conocimiento, a la fantasía o a la sabiduría…  Comunicarles que aquellos volúmenes apilados en las estanterías tienen vida y contienen mundos enteros en su interior. Hacerles ver que un libre es mucho más que resmillas de papel encuadernadas…

Cuando los hijos marchaban y quedaba el taller en silencio, el señor Ferrer miraba los libros apilados en las estanterías y musitaba con energía: “No tengáis miedo, que yo soy agradecido y estoy aquí para cuidaros y defenderos siempre”. Luego se sumergía enseguida en el tiempo interior de su trabajo, temeroso de que entrara un cliente… y le sorprendiera hablando con sus libros.


Lucía Pla Herraiz, en
Misión Joven


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