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Catalán

Cuentos

 

Cuentos, narraciones y reflexiones cortas que hacen pensar, confrontar nuestra vida, y rezar.

El hombre de las manzanas

Había una vez un hombre que tenía un manzano. Hojas y ramas eran de lo más lozanas y verdes, bajo su corteza no se escondía la carcoma, la base era robusta, el tronco firme.
Pero, ¿quien lo diría? el manzano no florecía y nunca daba fruta.

Al llegar la primavera el hombre asomaba la nariz por la valla de su jardín: ¡Cuántos frutales tenía la gente del vecindario! ¡Qué alegría ver el florecimiento aquel año! Y su manzano no quería florecer. Al llegar el otoño, el hombre, paseando, veía los manzanos del vecindario cargados de manzanas. Las ramas se curvaban de tanto de peso y la gente no se cansaban de llenar cestas de manzanas.
Aquel hombre estaba triste, y con razón. Se acercaba con el deseo de ver una manzana, al menos una, en su manzano. No hace falta que sea muy bonita, pero sí bien gorda, pensaba.

Y sucedió lo que sucede cuando deseas de todo corazón una cosa: una noche de primavera brotó una maravillosa flor en su manzano. Al día siguiente por la mañana, cuando vio la flor, lloraba de alegría y bailaba en torno al manzano.
Desde aquel momento lo vigiló noche y día. Ni demasiada agua, ni poca. Si soplaba el viento, lo protegía. Si el sol calentaba demasiado, le hacía sombra... En verano la flor ya era una pequeña manzana. El hombre estaba tan contento que ni tocaba de pies en el suelo y sonreía a todo el mundo. ¡Aquello era vivir!

No tardó en venir el otoño: la manzana crecía y crecía. Al tiempo de la cosecha, el hombre pensaba: Hoy todavía no, prefiero dejarla crecer hasta mañana.
Y así un día y otro y la manzana venga a crecer.
Mucha gente se paraba al pasar al lado del jardín y decían:
- ¡Qué manzana tan enorme! ¡Ya es hora de cosecharla y comerla!
Al fin, el hombre se decidió. Cogió la manzana para llevarla al mercado. Carga con ella a la espalda y emprende el camino. La manzana pesa mucho, las piernas le flaquean, los pies le hacen daño, pero él quiere vender su manzana.
Cuando llega al mercado la gente le grita:

-Esto es un camelo, un engañabobos. Eres un mentiroso. Manzanas como ésta, nunca hemos visto ninguna; no es una manzana ni lo será nunca... ¿Por qué no tela comes tú?

Entonces el hombre dijo que las manzanas no le gustaban demasiado. La gente se reía más. Algunos incluso protestaban. Pero pronto le dejaron solo junto a su manzana.

El hombre decidió volver a casa y continuar vigilando la manzana noche y día. Pero ya no le daba la alegría de antes: ¡Aquello no era vivir!

Pasó una cosa extraña. Un terrible dragón, verdoso y con ocho patas, llegó al país. Estaba hambriento y devoraba las cosechas. El rey mandó: Hay que coger este dragón, vivo o muerto. Cazadlo, matadlo.
Los servidores del rey no sabían qué hacer hasta que uno de ellos recordó que. días atrás, un hombre había querido vender una manzana muy grande en el mercado. Sin pensárselo dos veces se van a casa del hombre, llaman a la puerta y dicen:
- Se requisa la manzana, inmediatamente, por orden del rey.
El hombre no se opuso. Estaba contento porque ya no tendría que vigilar más aquella manzana. Arrastraron la manzana hasta donde estaba el dragón.
Éste, come que comerás, se atragantó y se murió.
El pueblo lo celebró y el rey bailó de alegría.
El hombre de la manzana olvidó pronto las preocupaciones. Volvió a vivir contento. A veces, cuando estaba en la cama, rumiaba todo lo que le había pasado. Entonces deseaba que su manzano hiciera sólo dos manzanas, dos manzanas pequeñas que cupieran en un frutero y se dormía feliz.

Adaptado de Janosch, Ed. Lumen

 

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