CUENTOS Y VIVENCIAS 16


01.- El pececito 06.- Buscando a Dios 11.- Contratando un nuevo jazan 16.- Búscate un amante 21.- ¿Has oído?
02.- Los comepiedras 07.- El ídolo 12.- Había una vez 17.- Prisas 22.- El filósofo y el rey
03.- La amapola 08.- El hombre ateo 13.- El vuelo del halcón 18.- Ante la muerte 23.- Decir y escuchar
04.- El paragauas amarillo 09.- El samurai y el monje 14.- Veinte pasos hacia adelante 19.- Dejar las manos a Dios 24.- Come tu mismo la fruta
05.- El águila 10.- Mustafà viene hacia casa 15.- Catorce demandas de un hijo 20.- Arrepentimiento 25.- La otra mujer

 




El Pececito
Autor/a: Desconocido/da
Procedencia: Colaborador/a

Marcos ha vuelto a casa hecho un mar de lágrimas. El niño más fuerte de la clase le ha esperado a la salida y le ha pegado; él no ha podido defenderse.
- Todo ha sido porque no nos gusta el apellido del maestro, ha dicho.
Marcos llora.
- Son cobardes, todos contra uno. Cuando yo sea mayor me vengaré Protegeré a los pequeños y lucharé contra los mayores.
Al fin deja de llorar y, muy seriamente, dice
- ¿Por qué Dios no hace lo mismo?
- Es cierto - contestó - Dios ayuda de maneras diversas. Él ayuda como en la historia del pececito.
- Explícala, pide Marcos.

El pececito

Hace mucho tiempo los peces gordos y los peces pequeños nadaban juntos, tranquilos y pacíficos, en las aguas del mar. Antes comían las mismas algas que crecían en abundancia en los fondos marinos. Crecían tanto que había bastante para todos los peces.
Los peces gordos no se creían mejores que los pequeños y los pececitos jugaban con los mayores, nadaban por su boca abierta y comían las algas que les habían quedado entre los dientes.
Un día un pez grande se miró al espejo y pensó:
“Verdaderamente soy muy grande. Soy el más grande de todos los peces de por aquí. ¿Es justo que yo tenga que trabajar más que los pececitos? Tengo que nadar desde la mañana hasta la tarde, de aquí para allí para encontrar todas las algas que necesito para llenarme la estomago.
Entonces tuvo una idea:” Si pudiera comer peces, con una sola vez que me llenara la boca, podría comer tantos alimentos como los que normalmente encuentro en una hora.
Esperó que un pececito se le acercara, abrió la boca y se lo comió. Esta acción pronto fue imitada por los otros peces: los grandes se comían a los pequeños y estos se comían a los más pequeños de todos.
Ante de esta situación los pececitos se pusieron de acuerdo y formaron una gran escuadra, prepararon una trampa para los peces grandes y, juntos, consiguieron matarlos.
En el mar reinaba el miedo, ningún pez se sentía lo suficientemente seguro y el agua, a menudo se volvía roja de sangre. Los peces, aterrorizados, pasaban las horas en los escondrijos
- ¿La vida tiene que ser así? - preguntaron los peces jóvenes a sus padres
- Sí - les contestaban - la vida es esto, o te comes al otro o el otro se te come a ti, es la ley del mar.
- No - decían los jóvenes - esta es la ley de la muerte.
- Pero hace mucho tiempo que es así - decían los mayores.
De pronto se produjo una gran agitación, un pez gigante quería establecerse en aquellas comarcas. Tenía una boca inmensa, la mandíbula llena de dientes enormes y, de la espalda, le salía un rayo de agua alto como una fuente. Sobre la frente traía una señal, una estrella de oro que brillaba hasta en las aguas más profundas y oscuras.
- ¡Esto es el final! - pensaron los peces - ahora estamos perdidos,
Pero el pez gigante nadaba a su lado, tranquilo y pacífico, comiendo algas. Los otros peces le observaban llenos de curiosidad y de miedo. El más joven se sintió atrevido y se le acercó.
- ¡Huye, escápate! - gritaban sus padres.
Pero no pasaba nada. El pez gigante no hacía ningún daño a los pececitos, todos juntos empezaron a comer algas y descubrieron que eran muy buenas.
Los peces grandes vencieron el miedo y, despacio, empezaron a comer algas como lo hacían los pequeños. Se restableció la paz y el miedo se desvaneció. Casi todos estaban felices y contentos. Sólo los peces que habían sido los amos del mar se reunieron en un rincón y murmuraban: - tienen más influencia que nosotros, todo les sale bien.
Y empezaron a odiar a los peces que seguían al pez gigante. Pero su odio no hacía mal a nadie.


Marcos bajó la cabeza.
- ¿Entre los hombres también pasa esto? ¿La paz no llegará hasta el final?
- Al final, sí, pero la paz ya ha empezado, hemos sido salvados. Podemos vivir en paz.
Marcos ya no lloraba
- Entonces podemos hacer como los peces que no siguieron la ley del miedo.

 



Los comepiedras
Autor/a: Desconocido/da
Procedencia: Colaborador/
a

Tomillo es un pueblo pequeño. Nació y creció al regazo de la gran montaña, cerca del riachuelo. Desde el campanario de la iglesia se puede ver la plaza, unas cuantas casas y aquella tienda donde venden de todo.
Pedro nació en Tomillo. De jovencito tuvo la tentación de dejar el pueblo para ir a la ciudad, pero se enamoró de Ana y se quedó. Se casaron y ahora ya tienen dos niños.
Viven en una casa no muy grande, con un corral al lado. En el corral, las gallinas proporcionan huevos dorados y unas cuantas cabras dan la leche que Ana transforma en queso fresco. Fuera del pueblo, justo al pie de la montaña, tienen un huerto donde Pedro cultiva verdura, patatas...
Los miércoles, de madrugada, Pedro y Ana van al mercado de la ciudad vecina a vender los huevos, los quesos y las verduras.

Nuestra historia empezó en el huerto.
Una noche, en medio de una grande tormenta, se produjo un desprendimiento de la montaña. Una gran roca cayó pendiente abajo y fue a caer justo en medio del huerto.
Al día siguiente Pedro probó de moverla pero no lo consiguió.
Se quedó muy preocupado. ¿Qué podía hacer?
Al atardecer, mientras cenaban, Ana tuvo una idea.
- Por qué no vas a hablar con la Mercedes de casa Suquet? Es una abuela muy mayor y muy vivaracha. Sabe muchas cosas, muchas más que nosotros.
- Tienes razón. Mañana lo haré.
Pedro fue a casa Suquet
- Buenos días abuela! Tengo un problema muy grande.
La abuela Mercedes lo escuchó y después dijo
- No sé... no sé... Quizás podríamos pedir ayuda a los Comepiedras
- ¿Los Comepiedras?
- Sí, sí, pero... si sólo hay una roca... no sé... no sé.
- ¡Es muy grande!
- De acuerdo, los avisaré. De toda formas... los Comepiedras son doce y si no hay, como mínimo, una piedra para cada uno no querrán venir. ¿No podrías partir la roca con un pico?
- Lo intentaré
Pedro pidió ayuda a su hermano Andrés. Picaron y picaron dos días seguidos, Al atardecer del segundo día acabaron el trabajo.
Pedro fue a decírselo a la abuela Mercedes.
- ¡Buenas noches! ¡Ya está! Tengo doce piedras en el huerto.
- Muy bién. ¿Son muy grandes?
Pedro abrió los brazos tanto como pudo.
- ¡Así de grandes!
- Mala suerte. Los Comepiedras tienen unos dientes muy duros pero la boca la tienen muy pequeña. Nunca se comerán estas piedras tan gordas. Las habréis de partir.
- Si no hay más remedio... mañana lo haremos.
Pedro y Andrés estaban muy cansados y decidieron pedir ayuda a los vecinos.
De madrugada estaban todos en el huerto con sus picos. Cuando oscureció, el huerto estaba lleno de piedras pequeñas.
Pedro volvió a casa Suquet
La Mercedes lo escuchó con una sonrisa en los labios.
- Muy bién. Pero... ¿dónde han quedado las piedras?
- Están desperdigadas por todo el huerto. Más que tierra de cultivo parece un granizal.
- ¡Vaya, vaya! Pues... habréis de hacer algo para juntarlas todas porque los Comepiedras son un poco perezosos.
- Esto será fácil
Pedeo habló con los vecinos y, entre todos, amontonaron las piedras bajo los árboles del camino, al borde del pozo. Y, piedra a piedra, construyeron un gran banco.
Esta vez fueron todos a visitar a la abuela Mercedes. Pedro le llevó huevos dorados y un queso de los que hace Ana.
- ¡Muchas gracias, abuela! No hace falta que llames a los Comepiedras. Con el esfuerzo de todos hemos solucionado el problema. Además, hemos hecho un gran banco bajo los árboles, junto al pozo. Cuando haga buen tiempo será un buen lugar para encontrarnos y compartir nuestras alegrías y nuestros quebraderos de cabeza.

Des de aquel día, si se sube al campanario, además de la plaza, las casas y la tienda donde venden de todo, veréis, allá al fondo, algunos vecinos sentados en un gran banco charlando de sus cosas.

 

 




La amapola que pasó mucha pena
Autor/a: Desconocido/a
Procedencia: Colaborador/a


Nuestra historia sucedió en un valle muy verde. Dios había sembrado muchas flores para alegrar el corazón de los hombres y las mujeres. Eran unas flores muy vivarachas, risueñas, frondosas como todas las cosas que hace el Creador.
Dios había sembrado en el valle una sola especie de flores, todas eran margaritas. Ellas se creían que eran las únicas del mundo. No conocían la variedad que Dios ha puesto en la Creación.
Un día, el viento trajo, de parte de Dios, una pequeña semilla desconocida en el valle y la depositó en medio del prado florecido.
Al principio nadie se dio cuenta.
Días después, el tallo empezó a salir de la tierra, la flor se formó en la punta del tallo y las hojas se fueron desplegando.
Las margaritas se dieron cuenta que había llegado alguien diferente y empezaron a preguntar:
- ¿Quién eres tú?
- ¿De dónde vienes?
- ¿Qué haces aquí?
La recién llegada contestó:
- Soy una flor como vosotras. Vengo de un campo muy lejano donde hay muchas amapolas como yo. También hay margaritas como vosotras.
Las margaritas la miraban con mucha curiosidad y empezaron a opinar con tono compasivo.
- ¡Tu tallo es muy alto!
- ¡Tus pétalos son muy rojos!
- ¡Que extrañas son tus hojas!
- ¡Qué triste debes estar y cómo tienes que padecer por no ser una margarita como nosotras.
La amapola no contestó. Las palabras de las margaritas la habían llenado de pena.
En mi prado -pensaba con tristeza la amapola- nunca me habían hablado de este modo.
Aun así las margaritas fueron todas muy amables, le sonrieron y la aceptaron en su valle. La amapola no les explicó la pena que sentía. Al llegar la noche, cuando todo el mundo se había retirado a su cuarto verde para dormir, la amapola se puso a llorar. Ojalá pudiera volver a mi prado, pensaba.
Al día siguiente una margarita, con toda la buena intención, hizo a la amapola una propuesta que todavía la puso más triste.
- ¿Sabes que Dios, nuestro Creador, tiene poder para hacer grandes cosas? Pues, mis hermanas y yo le pediremos, que te convierta en una margarita bien bonita.
La amapola temblaba.
- ¡Una margarita! ¿Queréis que me convierta en una margarita? - y estalló en llantos.
- ¿Por qué lloras? ¿No quieres ser una margarita como nosotras?
- Vosotras sois muy amables, sencillas y alegres pero os pido por favor... no hagáis esta petición al buen Dios. Él me ha hecho amapola y... amapola quiero ser siempre.
Las margaritas se quedaron muy extrañadas. Hubo un gran silencio en el valle hasta que una margarita muy pequeña dijo tímidamente
- ¡Perdónanos amapola por haberte hecho sufrir!
Aquel día desde el valle subió al cielo una plegaria gozosa.
- Oh Dios, creador de las margaritas y las amapolas, envía a nuestro valle muchas amapolas y muchas otras especies de flores para que todo el mundo pueda disfrutar con la maravilla de tu Creación. Amén.



 




El paraguas amarillo
Autor/a: Desconocido/da
Procedencia: Colaborador/a. Extraído de “Pomme de Api”


En aquel país llueve mucho. Todo el mundo anda bajo la lluvia con ademán serio. Todos traen paraguas grises. Todo el mundo menos...
Un estrafalario hombre que se pasea bajo la lluvia con una paraguas amarillo. Siempre está sonriente.
Algunos peatones se lo miran y piensan:
- Está ridículo con su paraguas amarillo
- Esto no es nada serio. La lluvia es una cosa seria y un paraguas tiene que ser gris.
- ¿Qué clase de idea es ésta de ir con un paraguas amarillo? No hay ninguna duda de que tiene ganas de llamar la atención.
La pequeña Marta no lo acaba de entender.
- Cuando llueve, un paraguas es un paraguas -piensa- sea amarillo o sea gris, siempre será mejor que no tener paraguas de ninguna clase.
Además, aquel hombre hace cara de ser feliz bajo su paraguas amarillo. Marta no puede dejar de preguntarse por qué.
Una tarde, al salir de la escuela, Marta se da cuenta de que se ha dejado el paraguas en casa. Llueve fuertemente y Marta se pone a caminar bajo la lluvia sin ninguna protección.
Al cabo de un instante se encuentra con el hombre del paraguas amarillo. El hombre sonríe y le ofrece:
- ¿Quieres guarecerte?
Marta duda, los peatones se burlarán de ella, pero vuelve a pensar:
- Un paraguas, sea amarillo o sea gris, siempre será mucho mejor que no tener paraguas de ninguna clase.
Acepta el ofrecimiento y caminan los dos bajo el paraguas amarillo.
Entonces Marta comprende por qué el hombre tiene cara de felicidad: bajo el paraguas amarillo el mal tiempo no existe, luce el sol y los pájaros cantan.
Marta pone una cara tan sorprendida que el hombre se echa a reir
- ¡ Seguro que tú también me tomabas por loco!
Escucha, en otro tiempo, yo también estaba triste en este país donde siempre llueve. Yo también tenía un paraguas gris.
Un día me dejé el paraguas en casa. Al salir del trabajo me puse a andar bajo la lluvia sin ninguna protección. Camino de casa encontré un hombre que me ofreció guarecerme bajo su paraguas amarillo.
Yo también dudé como tú. Tenía miedo de llamar la atención pero todavía tenía más miedo de costiparme y acepté. Entonces descubrí que bajo el paraguas amarillo no existe el mal tiempo.
Aquel hombre me enseñó que las personas estaban tristes porque nunca se hablaban desde debajo de un paraguas al otro.
Al llegar a casa nos despedimos. Cuando el hombre hubo marchado me di cuenta que yo tenía el paraguas amarillo en mis manos. corrí para dárselo pero ya había desaparecido.
Desde entonces guardo el paraguas amarillo y el buen tiempo no me ha dejado.
Marta exclama:
- ¡Qué historia! ¿Y no te da vergüenza conservar un paraguas que no es tuyo?
- Lo más mínimo Estoy convencido de que este paraguas es de todo el mundo, Seguro que quien me lo dio lo había recibido de una u otra persona.
Marta guarda el paraguas. Siempre que llueve sale sonriente bajo el paraguas amarillo. Está convencida de que, muy pronto, el paraguas pasará de sus manos a muchas otros manos, que guarecerá a otras personas y les traerá el buen tiempo.


 



El águila del ala cortada y la zorra
Autor/a: Desconocido/da

Procedància: Colaborador/a


Cierto día un hombre capturó un águila, le cortó sus alas y la dejó en el corral junto con todas sus gallinas. Afligida, el águila, que era poderosa, bajaba la cabeza y no comía: se sentía como una reina encarcelada.
Pasó otro hombre que la vio, le gustó y decidió comprarla. Le arrancó las plumas cortadas y se las dejó crecer nuevamente.
Rehecha el águila con sus alas, alzó el vuelo, capturó una liebre para traérsela en agradecimiento a su liberador.
La vio una zorra y maliciosamente la mal aconsejaba diciéndole:
- No le lleves la liebre a quien te liberó, sino al que te capturó; porque el que te liberó ya es bueno sin más estímulo. Procura más bien ablandar al otro, no vaya a atraparte nuevamente y te arranque las alas por completo.


 

 


Buscando a Dios
Autor/a: Desconocido/da
Procedencia: Colaborador/a

Se acercó al Maestro, vestido con ropas sannyasi y hablando el lenguaje de los sannyasi:
- "He buscado a Dios durante años. Dejé mi casa y lo he buscado en todas las partes donde Él mismo ha dicho que está: en lo alto de las montañas, en el centro del desierto, en el silencio de los monasterios y en las cabañas de los pobres".
- ¿Y lo has encontrado? - preguntó el Maestro.
- Sería un vanidoso y un mentiroso si dijera que sí. NO; no lo he encontrado. ¿Y tú?
¿Qué podía responderle el Maestro? El sol poniente inundaba la habitación con sus rayos de luz dorada. Centenares de jilgueros gorjeaban felices en el exterior, sobre las ramas de una higuera próxima. En la lejanía podía oírse el peculiar ruido de la carretera. Un mosquito zumbaba cerca de su oreja, avisando que estaba a punto de atacar... Y sin embargo aquel buen hombre podía sentarse allí y decir que no había encontrado a Dios, que todavía estaba buscándolo.
Al cabo de un rato, decepcionado, salió de la habitación del Maestro y se fue a buscar a otra parte.

 

 




El ídolo
Historia hindú
Procedencia: Colaborador/a


Érase una vez un mercader que naufragó y fue arrastrado hasta las costas de Ceylán, donde Vibhishana era el rey de los monstruos.
El mercader fue llevado a presencia del rey. Al verle, Vibhishana quedó extasiado de gozo y dijo: "¡Ah, cómo se parece a mi Rama. Es idéntico a él!". Entonces cubrió al mercader de ricos vestidos y joyas y le adoró.


Dice el místico hindú Ramakrishna: "La primera vez que escuché esta historia sentí una alegría indescriptible. Si a Dios se le puede adorar a través de una imagen de barro, ¿por qué no se le va a poder adorar a través del hombre?

 

 



El hombre ateo
Autor/a: Desconocido/a
Procedencia: Colaborador/a

Un hombre ateo se dirigió a todos los habitantes del pueblo para convencerles sobre la no existencia de Dios, mientras compartía sus teorías con la gente y argumentaba sobre quién le podía probar que Dios existía, un anciano se acercó y le pidió una naranja, que peló con toda paciencia, y sin prisa alguna se la comió entera, cuando finalizó preguntó al hombre ateo:
-¿Señor podría usted decirnos a mí y a toda la gente del pueblo, cómo estaba la naranja que acabo de comerme, estaba dulce o estaba amarga?.
El ateo, se sonrió sarcásticamente y dijo:
- Anciano ¿cómo pretende usted que yo le diga cómo estaba la naranja que usted se comió, si dulce o amarga, si no fui yo quien se la comió.
El anciano le respondió:
- Pues verá usted, así mismo es Dios, no se puede decir nada acerca de Él, si no lo ha probado.







El samurai y el monje
Recopilación y comentario de Joan Aragonés
Procedencia: Humor i saviesa orientals. (Ed. Claret)


Según cuenta un antiguo relato japonés, un belicoso samurai desafió en una ocasión a un maestro zen a que explicara el concepto de cielo e infierno. Pero el monje respondió con desdén:
- No eres más que un patán. ¡No puedo perder el tiempo con individuos como tú!
Herido en lo más profundo de su ser, el samurai se dejó llevar por la ira, desenvainó su espada y gritó:
- Podría matarte por tu impertinencia.
- Eso -repuso el monje con calma- es el infierno.
Desconcentrado al percibir la verdad en lo que el maestro señalaba con respecto a la furia que lo dominaba, el samurai, se serenó, envainó la espada y se inclinó, agradeciendo al monje la lección.
- Y eso -añadió el monje- es el cielo.

 

 

 



Mustafà viene hacia casa
Recopilación y comentario de Joan Aragonés
Procedencia: Humor i saviesa orientals. (Ed. Claret)

Un día Nasreddín fue a dar el pésame a la viuda de Mustafà, su amigo.
- Pobre marido mío -decía la mujer- que te vas a un lugar oscuro, frío y vacío; un lugar donde no hay nada: ni comida, ni agua, ni luz...
Nasreddín sale corriendo, va hacia su casa y dice a su esposa:
- Prepárate, que Mustafà viene hacia aquí!

La conciencia es al fin y al cabo: juez, testigo, fiscal y abogado (adagio catalán)

 

 



Contratando un nuevo jazan
Recopilación y comentario de Joan Aragonés
Procedencia: Humor i saviesa orientals. (Ed. Claret)

Una sinagoga tenía que contratar un nuevo jazan (cantor). Se presentaban dos candidatos: un borracho y un mujeriego. Consultaran al rabino y les recomendó el último.
- Pero... rabino, beber es un defecto, pero ir detrás de las mujeres es un gran pecado.
- Pensad esto -contestó él- beber dura toda la vida, mientras que el otro defecto, a cierta edad...


A Dios le deben gustar mucho los hombres débiles: ¡ha hecho tantos!

 

 


Había una vez
Autor: Jorge Bucay
Procedencia: Colaborador/a

Había una vez... "una vez"

Que a fuerza de ser contada

Se repitió tantas veces...


Que se volvió realidad.

O la frágil frontera entre el cuento y la realidad

 

 


El vuelo del halcón
Autor/a: Desconocido/a
Procedencia: Colaborador/a



Un rey recibió como obsequio, dos pequeños halcones, y los entregó al maestro de cetrería, para que los entrenara.
Pasados unos meses, el maestro le informó al rey que uno de los halcones estaba perfectamente, pero que al otro no sabía qué le sucedía: no se había movido de la rama donde lo dejó desde el día que llegó.
El rey mandó llamar a curanderos y sanadores para que vieran al halcón, pero nadie pudo hacer volar al ave.
Encargó, entonces, la misión a miembros de la corte, pero nada sucedió. Al día siguiente, a través de la ventana, el monarca pudo observar, que el ave aún continuaba inmóvil.
Entonces, decidió comunicar a su pueblo que ofrecería una recompensa a la persona que hiciera volar al halcón.
A la mañana siguiente, vio al halcón volando ágilmente por los jardines.
El rey le dijo a su corte, "Traedme al autor de ese milagro".
Su corte rápidamente le presentó a un campesino.
El rey le preguntó:
- ¿Tú hiciste volar al halcón? ¿Cómo lo hiciste? ¿Eres mago?
Intimidado el campesino le dijo al rey:
- Fue fácil mi rey. Sólo corté la rama, y el halcón voló.
- Se dio cuenta que tenía alas y se echó a volar.

¿A qué estás agarrado que te impide volar?
¿De qué no te puedes soltar?




Veinte pasos hacia delante
Autor: Jorge Bucay
Procedencia: Colaborador/a



1- conócete a ti mismo
2- sé autónomo
3- no intentes ser bueno en todo (ríete primero de tus defectos)
4- nadie triunfa sin ser amado (saluda, agasaja, sonríe)
5- estate informado (pero no sobre-informado)
6- actualiza lo que sabes
7- equípare (descarta lo preconcebido, sé creativo)
8- organiza tu tiempo y respeta el tiempo ajeno
9- cuida tu imagen (aprende a ser agradable para ti mismo y los demás)
10- mejora el promedio
11- rodéate de las personas adecuadas
12- asume riesgos evaluados
13- cuídate de las adicciones (también al trabajo)
14- no derroches tu tiempo (invierte en tu futuro)
15- negocia lo que te conviene y no cedas mas allá de ello
16- di que sí cuidándote a ti mismo, di que no cuidando al otro
17- aprende de tus fracasos (o volverás a fracasar)
18- si lo crees necesario pide ayuda
19- vuelve a empezar tantas veces como sea necesario
20- no dudes en el resultado final.

 



Catorce demandas de un hijo a su padre...
Autor/a: Desconocido/a
Procedencia: Colaborador/a

1. No me compares con nadie, especialmente con mi hermano o hermana. Si me haces quedar mejor que los demás, alguien va a sufrir; y si me haces quedar peor que los demás, seré yo quien sufra.
2. No me des sin medida, todo lo que te pida. A veces pido para saber hasta cuánto es razonable tomar.
3. No me grites. Te respeto menos cuando lo haces, y me enseñas a gritar a mí también, y yo no quiero perder el respeto por ninguno de los dos.
4. No estés siempre dando órdenes. Si en vez de órdenes, a veces me pidieras las cosas, yo lo haría más rápido y con más gusto.
5. Cumple las promesas que hagas, buenas o malas. Si me prometes un premio, dámelo; si es un castigo mantenlo.
6. No digas mentiras delante de mí, ni me pidas que las diga por ti, ni siquiera para sacarte de un apuro. Me hace sentir mal y perder la fe en lo que dices.
7. No cambies de opinión tan a menudo sobre lo que debo hacer; decídete y mantén tu decisión, porque si no viviré siempre pendiente del próximo cambio de idea.
8. Déjame valerme por mí mismo. Si lo haces todo por mí, nunca podré aprender. Por si lo olvidaste, sólo se aprende de los errores.
9. Cuando estés equivocado en algo, admítelo y crecerá la opinión que yo tengo de ti y de paso me enseñarás a admitir también mis equivocaciones.
10. No me exijas que te diga "por qué lo hice" cuando hago algo que no está bien. A veces ni yo mismo lo sé.
11. Enséñame a amar y a darme la oportunidad de conocer a los otros. No importa si la vida me lo va a enseñar de todos modos; porque de nada vale si veo que tú no amas ni vives en contacto con el prójimo.
12. No me digas que haga una cosa si tú no la haces. Yo aprendo siempre de lo que haces; pero me cuesta hacer lo que dices sin coherencia con tu propio actuar.
13. No me digas: "No tengo tiempo para tonterías" cuando te cuente un problema mío. O "Eso no tiene importancia". Trata de comprenderme y ayudarme.
14. Y sobre todo si es cierto que me quieres, dímelo de vez en cuando. A mí me gusta oírtelo decir, aunque tú no creas que sea necesario y aunque yo nunca te lo diga, porque por supuesto yo te amo con todo mi corazón.

 

 




Busca un amante
Autor: Jorge Bucay
Procedencia: Colaborador/a


Muchas personas tienen un amante y muchas otras quisieran tenerlo.
Y también están las que no lo tienen, porque no quieren y las que lo tenían y lo perdieron, o decidieron perderlo.
Misteriosamente son generalmente estos dos últimos grupos los que más van a los consultorios para decir que están tristes o que tienen distintos síntomas: insomnio, falta de voluntad, pesimismo, crisis de llanto o los más diversos dolores.
Cuentan que sus vidas transcurren de manera monótona y sin expectativas, que trabajan sólo para subsistir y que no saben en que ocupar su tiempo libre.
En fin, palabra más, palabra menos, están verdaderamente desesperanzadas.
Antes de contar esto ya han visitado otros consultorios en los que recibieron la condolencia de un diagnostico seguro:
Depresión y la infalible receta del antidepresivo de turno.
Yo, después de escucharlas atentamente, les digo que no necesitan un antidepresivo; que lo que realmente necesitan... ES UN AMANTE.
Es increíble ver la expresión de sus ojos cuando reciben mi diagnostico.
Están los que piensan: ¡Cómo es posible que un profesional se despache alegremente con una sugerencia tan poco científica! Hacen un decoroso silencio, miran el reloj esperando el final de la consulta y se retiran para siempre.
También están los que, escandalizados, se despiden en ese mismo momento y muchas veces tampoco vuelven nunca más.
A los que deciden quedarse les doy la siguiente definición:
Un Amante es: "Cualquier cosa que nos apasione".
Lo que ocupa nuestro pensamiento antes de quedarnos dormidos y también aquello que a veces, no nos deja dormir.
Nuestro amante es lo que nos vuelve distraídos frente al entorno. Lo que nos deja saber que la vida tiene motivación y sentido.
Un amante puede ser nuestra pareja, si nos animamos a encontrarlo allí.
En otros casos es otro alguien que no es nuestra pareja.
También podemos hallarlo en la investigación científica, en la literatura, en la música, en la política, en el deporte, en el trabajo cuando es vocacional, en la necesidad de trascender espiritualmente, en la amistad, en la buena mesa, en el estudio, o en el obsesivo placer de un hobby que nos monopoliza cada instante "aburrido"...
En fin, es "alguien" o "algo" que nos perturba la conciencia hasta el punto de dibujarnos una sonrisa tan sólo de pensarlo, apartándonos aunque sea un momento del triste destino de sobrevivir.
Sobrevivir es durar y en el fondo está gobernado por el miedo a vivir de verdad. Es dedicarse a espiar cómo viven los demás, es tomarse la presión, deambular por consultorios médicos, tomar remedios multicolores, alejarse de las gratificaciones, observar con decepción cada nueva arruga que nos devuelve el espejo, cuidarnos del frío, del calor, de la humedad, del sol, de la lluvia y de las emociones fuertes.
Durar es postergar la posibilidad de disfrutar hoy, esgrimiendo el incierto y frágil razonamiento de que quizás podamos hacerlo mañana
Por favor no te empeñes en sobrevivir, búscate un amante.
Sé tú mismo el amante de alguien o de algo. Sé el protagonista... de tu vida.
La muerte llegará, al fin y al cabo la muerte tiene buena memoria y nunca se olvidó de nadie. Mientras tanto y sin dudar, búscate un amante...
Lo trágico no es morir, Lo trágico, es no animarse a vivir.
La psicología, después de estudiar mucho, descubrió algo trascendental: Para vivir feliz, activo, o satisfecho hay que tener un motivo.
A ese motivo lo llamo hoy un amante...
Hay que ponerse de novio con la vida y hay que amarla con la pasión de los que auténticamente están enamorados/as.
Busca pues HOY.... un amante.

 



Prisas
Autor: Carlos G. Vallés
Procedencia: Vida Nueva nº 2.059 de 5 octubre del 96

Michael Caine y Sean Connery, durante el rodaje de una película en Marruecos, iban a Marrakesh en un jeep cuando vieron en la carretera polvorienta a un anciano que caminaba lentamente con una gran carga sobre sus hombros. Pararon el vehículo e invitaron cordialmente, en francés, al buen hombre a subirse con ellos, una vez que les dijo que iban al mismo sitio. El anciano les contestó dulcemente:
- "Sí, podría ir con ustedes y llegaría dos días antes, que es lo que me va a costar a mí el camino andando, y me ahorraría el polvo y el cansancio, y por todo ello les agradezco a ustedes su delicadeza en parar e invitarme. Pero miren, por favor, la situación por un momento desde mi punto de vista. Yo hago todos los años este mismo camino en esta época del año. Me paro en lugares donde me conocen, y saludo a mis amigos que esperan mi paso. Si nos los veo, echaré de menos su compañía anual, y ellos incluso creerán que yo he fallecido, si no me ven, pues saben que ya soy viejo y que no he de faltar a la cita mientras pueda, pues nunca he fallado en los últimos cuarenta años. Además, señores, les digo de verdad, si voy con ustedes, llegaré dos días antes, pero ¿de qué me sirve a mí llegar dos días antes? Los mismos días he de estar, llegue antes o llegue después. Estaré lo que dure la venta de mis mercancías, y me volveré cuando las acabe como siempre he hecho y como haré siempre. No tengo citas ni conozco calendario. Mis caminos los miden mis pies, y mis días los cuentan mis andares. Acepten, por favor, mi gratitud, pero permítanme seguir mi camino a mi paso".
Michael Caine comenta: "No era una lógica muy occidental, pero sí una buena lección para nosotros los occidentales".

 



Ante la muerte
Autor/a: Desconocido/a
Procedencia: Colaborador/a

Alfred Nobel quedó estupefacto una mañana de 1888 al leer su propia necrológica en el periódico en lugar de la de su hermano que era quien acababa de morir. Evidentemente se debió a un error en la redacción del periódico.
Lo que la prensa decía de él hizo que Alfred Nobel se diera cuenta de la terrible imagen que había ofrecido al mundo. Le proclamaban "rey de la dinamita", un hombre que había amasado una inmensa fortuna gracias a la producción y venta de armas devastadoras. Nadie pareció advertir sus esfuerzos humanitarios para conciliar pueblos e ideas. Se sintió muy desgraciado. Y decidió hacer algo para remediar esa imagen. En su testamento legó una gran fortuna para establecer el prestigioso premio Nobel de la Paz. ¡Hoy apenas le recordamos por su invención de la dinamita!


 

 


Dejar las manos a Dios
Autor/a: Desconocido/a
Procedencia: Colaborador/a


Un amigo le preguntó a Samuel B. Morse, el inventor del telégrafo: "¿Qué hacías en los momentos de dificultad?"
Le contestó el inventor con toda sencillez: "Te voy a responder en confianza, pues es algo que nunca he revelado en público. Cuando no sabía qué camino tomar, me ponía de rodillas y le pedía a Dios luz y conocimiento".
" ¿Y le venía la luz y el conocimiento?", le preguntó el amigo.
- "Sí, -declaró Morse- y tengo que decirle que cuando me llegaron honores y alabanzas a cuenta del invento que lleva mi nombre, nunca creí que me las merecía. He dado una aplicación valiosa de la electricidad, no porque yo fuera superior a otros hombres, sino únicamente porque Dios, que quería concedérsela a la humanidad, tenía que descubrírsela a alguien, y le pareció bien descubrírmela a mí".


 



Arrepentimiento
Autor: Anthony de Mello
Procedencia: Colaborador/a. . “Un minuto para el absurdo”

"¿Por qué no aconsejas nunca el arrepentimiento?", preguntó el predicador.
" ¡Pero si no enseño otra cosa...!", replicó el Maestro.
" ¡Pues yo nunca te he oído hablar del dolor por los pecados!"
"El arrepentimiento no consiste en afligirse por el pasado. El pasado ha muerto y no merece un solo momento de aflicción. Arrepentirse es cambiar de mente; es ver la realidad de un modo radicalmente distinto".



 



¿Has oído el canto de ése pájaro?
Autor/a: Desconocido/a
Procedencia: Colaborador/a

Los hindúes han creado una encantadora imagen para describir la relación entre Dios y su Creación. Dios "danza" su Creación. El es su bailarín; su Creación es la danza. La danza es diferente del bailarín; y, sin embargo, no tiene existencia posible con independencia de Él. No es algo que se pueda encerrar en una caja y llevárselo a casa. En el momento en que el bailarín se detiene, la danza deja de existir.
En su búsqueda de Dios, el hombre piensa demasiado, reflexiona demasiado, habla demasiado. Incluso cuando contempla esta danza que llamamos Creación, está todo el tiempo pensando, hablando (consigo mismo o con los demás), reflexionando, analizando, filosofando. Palabras, palabras, palabras... Ruido, ruido, ruido...
Guarda silencio y mira la danza. Sencillamente, mira: una estrella, una flor, una hoja marchita, un pájaro, una piedra... Cualquier fragmento de danza sirve. Mira. Escucha. Huele. Toca. Saborea. Y seguramente no tardarás en verle a él, al bailarín en persona.








El filósofo y el rey
Autor/a: Desconocido/a
Procedencia: Colaborador/a


El filósofo griego Anaxímenes (400 A.C.) se acercó a Alejandro Magno para tratar de salvar la ciudad.
- No importa lo que usted desee, tiene mi palabra de rey de que no aceptaré - dijo el todopoderoso Alejandro, antes de oír lo que el filósofo quería.
- Todo lo que deseaba era ver mi ciudad destruida - respondió Anaxímenes. Y, de esta manera, la ciudad se salvó
.



 



Decir y escuchar
Cita de Octavio Paz
Procedencia: Colaborador/a

"Mi amor por la palabra comenzó cuando oí hablar a mi abuelo y cantar a mi madre, pero también cuando los oí callar y quise descifrar o, más exactamente, deletrear su silencio. Las dos experiencias forman el nudo de que está hecha la convivencia humana: el decir y el escuchar.








Come tú mismo la fruta
Autor: Anthony de Mello
Procedencia: Colaborador/a

Un vez se quejaba un discípulo a su Maestro:
- Siempre nos cuentas historias, pero nunca nos revelas su significado.
El Maestro le replicó:
- ¿Te gustaría que alguien te ofreciera fruta y la masticara antes de dártela? Nadie puede descubrir el significado en tu lugar. Ni siquiera el Maestro.







La otra mujer
Autor/a: Desconocido/da
Procedencia: Colaborador/a



Después de 21 años de matrimonio, descubrí una nueva manera de mantener viva la chispa del amor. Desde hace poco había comenzado a salir con otra mujer, en realidad había sido idea de mi esposa.
-Tú sabes que la amas - me dijo un día, tomándome por sorpresa-. La vida es demasiado corta debes dedicarle tiempo.
- Pero yo te amo a ti- protesté. Lo sé. Pero también la amas a ella.
La otra mujer, a quien mi esposa quería que yo visitara, era mi madre, que era viuda desde hacía 19 años, pero las exigencias de mi trabajo y mis 3 hijos hacían que sólo la visitara ocasionalmente. Esa noche la llamé para invitarla a cenar y al cine.
-¿Qué te ocurre? ¿Estás bien? me preguntó. Mi madre es el tipo de mujer para quien una llamada tarde en la noche, o una invitación sorpresa es indicio de malas noticias.
- Creí que sería agradable pasar algún rato contigo, le respondí, los dos solos. Reflexionó sobre ello un momento. - Me agradaría muchísimo, dijo.
Ese viernes mientras conducía para recogerla después del trabajo, me encontraba algo nervioso, era el nerviosismo que antecede a una cita... y ¡por Dios!, cuando llegué a su casa, advertí que ella también estaba muy emocionada con nuestra cita. Me esperaba en la puerta con su abrigo puesto, se había rizado el cabello y usaba el vestido con que celebró su último aniversario de boda, su rostro sonreía e irradiaba luz como un ángel.
- Les dije a mis amigas que iba a salir con mi hijo, y se mostraron muy impresionadas -me comentó mientras subía a mi auto-. No pueden esperar a mañana para escuchar cómo ha ido nuestra velada.
Fuimos a un restaurante no muy elegante pero sí acogedor, mi madre se aferró a mi brazo como si fuera "La primera dama". Cuando nos sentamos, tuve que leerle el menú. Sus ojos solo veían grandes figuras.
Cuando iba por la mitad de los entrantes, levanté la vista; mamá estaba sentada al otro lado de la mesa, y me miraba. Una sonrisa nostálgica se le dibujaba en los labios. - Era yo quien leía el menú cuando eras pequeño, me dijo. - Entonces es hora de que te relajes y me permitas devolver el favor, respondí.
Durante la cena tuvimos una agradable conversación; nada extraordinario, sólo ponernos al día en la vida del otro. Hablamos tanto que nos perdimos el cine.- Saldré contigo otra vez, pero sólo si me dejas invitar - dijo mi madre cuando la llevé a casa. Asentí.
-¿Cómo estuvo tu cita? - quiso saber mi esposa cuando llegué aquella noche.
- Muy agradable... mucho más de lo que imaginé... -Contesté.
Días más tarde mi madre murió de un infarto, todo fue tan rápido que no pude hacer nada.
Al poco tiempo recibí un sobre con la copia de un cheque para el restaurante donde habíamos cenado mi madre y yo, y una nota que decía: " La cena la pagué por anticipado, estaba casi segura, de que no podría estar allí, pero también pagué dos platos: uno para ti y el otro para tu esposa, jamás podrás entender lo que aquella noche significó para mí. Te quiero hijo".