CUENTOS Y VIVENCIAS 18


01.- La caña de bambú - 02.- Sol y Luna - 03.- Consejo chino - 04.- Aprovéchala - 05.- El increible golpe del samurai - 06.- Morir en el gallinero - 07.- El arcángel caracol - 08.- Cuando Dios creó a los padres - 09.- El pasado - 10.- Crecer - 11.- Apego - 12.- Como para respirar - 13.- El leopardo y el fuego

14.- Amo la vida - 15.-Veinticuatro cosas para recordar - 16.- Amor - 17. Veintitres preguntas a la Madre Teresa - 18.- Decálogo humanista - 19.- Creer en la utopía - 20.- Aprendí y decidí - 21.- Hacer con lo que tienes - 22.- Lo único que recuerdo - 23.- Los brazos de Dios - 24.- Pequeñas cosas - 25.- Los ojos eran verdes




La Caña de Bambú
Autor/a: Desconocido/da
Procedencia: Colaborador/a


En el principio de los tiempos el Gran Jardinero separó el cielo de la tierra y las aguas de los continentes, arañó el barro con sus manos y plantó una por una las semillas de todas las plantas de la creación. De su propio aliento formó un sol que calentó la tierra. Creció ante sus ojos cuanto había sembrado y vio que todo era bueno, muy bueno; entonces se alegró con felicidad joven y eterna.
Salía él a pasear con la brisa de la tarde, se detenía frente a cada arbusto, cada flor, cada planta, cada árbol... y todo lo contemplaba con ojos de ternura.
Crecía en el jardín una caña de bambú flexible y esbelta que esperaba cada tarde la visita de su Señor. Cuando se acercaba, el Gran Jardinero detenía su paso y su corazón se llenaba con la misma alegría de la caña. Quedaban así ambos extasiados de cariño y borrachos de amistad celebrando, cada tarde, la fiesta de su encuentro.
Cierta tarde el Gran Jardinero se retrasó; cuando por fin llegó, notó la caña en su mirada un profundo dolor que antes no había percibido.
- ¿Por qué, mi Señor, os habéis retrasado? ¿Qué preocupación traéis en la mirada?
- ¡Oh Caña! ¡Mi dulce Caña!, la tierra se vuelve árida y el desierto avanza. Los frutos son ahora mezquinos y las semillas se endurecen en la tierra reseca.
Respiró el Gran Jardinero, miró a lo lejos, respiró profundamente de nuevo y volvió a dirigirse a la caña de bambú:
- ¡Oh Caña! ¡Mi dulce Caña!, vengo hoy a pedirte un favor.
- ¡Mi Señor! ¿Un favor? ¿Qué te podría dar yo que no me hayas dado tú?
- Mi dulce Caña necesito tus hojas, todas ellas, desde las más viejas hasta los brotes nuevos.
- ¡Mis hojas! ¡Oh no, mi Señor! Mis hojas son mi vestido, no me dejes desnuda, sería vergüenza y escándalo, si me quitas las hojas ¿cómo podría cantarte con la brisa de la tarde?... Pero nada hay en mí que no sea tuyo, quédate mis hojas y mis brotes.
Vino quien despojó la caña y quedó desnuda ante la mirada tierna y triste del Gran Jardinero. Y así fue como la caña perdió toda su hermosura y aún sin hojas continuó siendo bella ante los ojos del Gran Jardinero. Éste le volvió a hablar con ternura:
- ¡Oh Caña, mi dulce caña!, he de pedirte un nuevo favor.
- Mi Señor, tienes ya mis hojas ¿qué podría darte ahora?
- Mi dulce caña, ha de venir quien te tumbe hasta que tu frente toque el suelo, doblegarán tu tallo y te arrancarán de raíz.
- ¡Arrancarme de raíz! ¡Oh no, mi Señor! Mi raíz es mi sustento, si mi frente tocase la tierra y quiebran mi base seré un palo seco. Sin belleza y sin vida no serviría sino para ser lanzada al fuego o quedar olvidada en el margen de cualquier camino... Pero tú eres mi raíz y mi sustento, hágase en mí según has dicho.
Vino quien quebró la caña y quedó ella sin raíz ante la mirada tierna y triste del Gran Jardinero. Y así fue como la caña quedó como un palo seco postrada en el suelo y aún entonces continuaba siendo bella a los ojos del Gran Jardinero. Éste le volvió a hablar con ternura:
- ¡Oh Caña, mi dulce caña! todavía no es suficiente, he de pedirte algo más.
- ¡Mi Señor! te di mis hojas y me han arrancado del suelo, soy un palo seco y miserable ¿qué podría hacer yo por ti?
- Mi dulce caña, ha de venir quien te triture y derrame tu sabia por tierra.
- ¡Destrozar mi tallo y verter mi sabia! ¡Oh no, mi Señor! si me hicieran tal cosa, de mí no quedarían más que astillas resecas ¡Hasta tú tendrías vergüenza de mí y me apartarías de tu mirada!... Pero no se haga lo que yo quiero sino lo que quieres tú.
Vino entonces quien trituró con furia el tallo de la caña y toda su sabia quedó derramada por tierra. Destrozaron todas sus fibras y no quedó de la caña mas que un montón de astillas resecas.
El Gran Jardinero vio las astillas de su caña, se colmó su corazón de ternura y tristeza y estalló en llanto. Lloró toda esa tarde y toda la noche hasta el amanecer, sus lágrimas le empaparon el rostro y corrieron abundantes hacia el suelo mezclándose con la sabia de la caña hasta extenderse por toda la tierra.
Al amanecer el sol de la nueva primavera despejó las tinieblas. Cuando evaporó las lágrimas, por toda la tierra relucieron infinitos cristales de azúcar de caña.. Y así fue, como, gracias a la Caña de Bambú, toda la tierra quedó inundada de la dulzura del Gran Jardinero y la tierra volvió a ser fecunda por los siglos de los siglos.

 






Sol y Luna
Autor/a Desconocido/a
Procedencia: Colaborador/a

Cuando el SOL y la LUNA se encontraron por primera vez, se apasionaron perdidamente y a partir de ahí comenzaron a vivir un gran amor.
Sucede que el mundo aun no existía y el día en que Dios decidió crearlo, les dio entonces un toque final… ¡el brillo!
Quedó decidido también que el SOL iluminaría el día y que la LUNA iluminaría la noche, siendo así, estarían obligados a vivir separados.
Les invadió una gran tristeza y cuando se dieron cuenta de que nunca más se encontrarían... LA LUNA fue quedándose cada vez más angustiada. A pesar del brillo dado por Dios, fue tornándose solitaria. EL SOL a su vez, había ganado un título de nobleza "ASTRO REY", pero eso tampoco le hizo feliz.
Dios, viendo esto, les llamó y les explicó:
- No debéis estar tristes, ambos ahora poseéis un brillo propio.
Tú, LUNA, iluminarás las noches frías y calientes, encantarás a los enamorados y serás frecuentemente protagonista de hermosas poesías.
En cuanto a ti, SOL, sustentarás ese título porque serás el más importante de los astros, iluminarás la tierra durante el día, proporcionaras calor al ser humano y tu simple presencia hará a las personas más felices.
La LUNA se entristeció mucho más con su terrible destino y lloró amargamente...y el SOL, al verla sufrir tanto, decidió que no podría dejarse abatir más, ya que tendría que darle fuerzas y ayudarle a aceptar lo que Dios había decidido.
Aún así, su preocupación era tan grande que decidió hacer una petición especial a Dios:
Señor, ayuda a la LUNA por favor, es más frágil que yo, no soportará la soledad...
Y Dios...en su inmensa bondad... creó entonces las estrellas para hacer compañía a la LUNA.
La LUNA siempre que está muy triste recurre a las estrellas, que hacen de todo para consolarla, pero casi nunca lo consiguen.
Hoy, ambos viven así....separados, el SOL finge que es feliz, y la LUNA no consigue disimular su tristeza.
El SOL arde de pasión por la LUNA y ella vive en las tinieblas de su añoranza.
Dicen que la orden de Dios era que la LUNA debería de ser siempre llena y luminosa, pero no lo consiguió....porque es mujer, y una mujer tiene fases.
Cuando es feliz, consigue ser Llena, pero cuando es infeliz es menguante y cuando es menguante ni siquiera es posible apreciar su brillo.
LUNA y SOL siguen su destino. Él, solitario pero fuerte; ella, acompañada de estrellas, pero débil.
Ocurre que Dios decidió que ningún amor en este mundo fuese del todo imposible, ni siquiera el de la LUNA y el del SOL... Fue entonces cuando Él creó el eclipse. Cuando veas que el SOL cubre la LUNA, es porque se acuesta sobre ella y comienzan a amarse. A ese acto de amor se le dio el nombre de eclipse.
Hoy SOL y LUNA viven esperando ese instante, esos raros momentos que les fueron concedidos y que tanto cuesta que sucedan.
Es importante recordar que el brillo de su éxtasis es tan grande que se aconseja no mirar al cielo en ese momento, tus ojos pueden cegarse al ver tanto amor.





Consejo chino
Autor/a Desconocido/a
Procedencia: Colaborador/a

Había una vez un campesino chino, pobre pero sabio, que trabajaba la tierra duramente con su hijo. Un día el hijo le dijo:
-¡Padre, qué desgracia! Se nos ha ido el caballo.
-¿Por qué le llamas desgracia? - respondió el padre - veremos lo que trae el tiempo...
A los pocos días el caballo regresó, acompañado de otro caballo.
-¡Padre, qué suerte! - exclamó esta vez el muchacho - Nuestro caballo ha traído otro caballo.
-Por qué le llamas suerte? - repuso el padre - Veamos qué nos trae el tiempo.
En unos cuantos días más, el muchacho quiso montar el caballo nuevo, y éste, no acostumbrado al jinete, se encabritó y lo arrojó al suelo. El muchacho se rompió una pierna.
-¡Padre, qué desgracia! - exclamó ahora el muchacho -. ¡Me he roto la pierna!
Y el padre, retomando su experiencia y sabiduría, sentenció:
-¿Por qué le llamas desgracia? Veamos lo que trae el tiempo!
El muchacho no se convencía de la filosofía del padre, sino que gimoteaba en su cama. Pocos días después pasaron por la aldea los enviados del rey, buscando jóvenes para llevárselos a la guerra.
Vinieron a la casa del anciano, pero como vieron al joven con su pierna entablillada, lo dejaron y siguieron de largo.
El joven comprendió entonces que nunca hay que dar ni la desgracia ni la fortuna como absolutas, sino que siempre hay que darle tiempo al tiempo, para ver si algo es malo o bueno.
La moraleja de este antiguo consejo chino es que la vida da tantas vueltas, y es tan paradójico su desarrollo, que lo malo se hace bueno, y lo bueno, malo. Lo mejor es esperar siempre el día de mañana, porque todo sucede con un propósito positivo para nuestras vidas...





Aprovéchala
Autor/a Desconocido/a
Procedencia: Colaborador/a

- Padre
- Dime hijo
- Estoy sufriendo mucho, tengo muchos problemas
- ¿Qué pasa, por qué?
- Me siento solo, sin apoyo ...
- ¿Sin apoyo? me tienes a mí, hijo
- Pero no es lo mismo, tú no puedes venir y abrazarme y consolarme, tú no pue..
- ¡Hey! ¿Porqué no?
- Pues porque tú estás ahí arriba y yo aquí abajo
- Sí pero yo siempre estoy contigo.
- Sí pero ... es que tú no entiendes Señor. Tú eres un padre amoroso en quien puedo confiar pero yo necesito alguien como tú aquí abajo
- Ya os lo mandé una vez y mira lo que le hicieron
- Cierto
- Hijo, yo estoy contigo en todo momento, estoy contigo en tu madre que te abraza todos los días, estoy contigo en el amigo que te consuela porque lloras, pero tú no lo ves ... Hay personas que te quieren ayudar y tú no lo aceptas ...
"Si tienes una amistad, aprovéchala
Si tienes una familia aprovéchala
Si tienes un amor aprovéchalo
Si tienes un error aprovéchalo para ser mejor
Si tienes dificultades ábrete a toda ayuda
Si tienes problemas, resuélvelos con alegría
Y si tienes una vida aprovéchala, porque si no la aprovechas de nada te serviría."
-Padre, hoy he comprendido que a veces tú me das más ayuda de la que necesito, y que si tengo un problema te tengo a ti en muchas otras personas, y que cuando me sienta solo por no tener apoyo, mire hacia arriba y se dibuje en mí una sonrisa, porque sé que hay alguien que nunca me deja.
- Te la doy porque sé que tú me necesitas
- Gracias Padre, ¿Cómo te podría pagar toda tu ayuda?
- Aprovechándola, hijo, aprovechándola.



 


El increíble golpe del samurai
Autor/a Desconocido/a
Procedencia: Colaborador/a

Había pasado una semana desde que padre e hijo se abrazaran para sellar el primer paso en la madurez del Samurai Kan. La puesta en marcha de la creación de su guardia personal de Siete Samurais. Estos siete días Kan se había pasado preguntando a todos sus amigos si querían convertirse en Samurais, pero sólo uno, su más íntimo amigo Goku se había unido a él. El pesar de Kan era profundo, él sabía que no había nada más maravilloso en este mundo que ser un Samurai, la exquisita habilidad, la pureza de espíritu y el desahogo económico que vivían era lo que todo el mundo buscaba alcanzar. Pero parecía que el joven aprendiz de Samurai no era capaz de convencer a nadie de que el suyo era el mejor camino para alcanzar esas metas. Así que apesadumbrado decidió preguntar a su padre. En ese momento su padre tenía un enorme ejército de Samurais, todos perfectamente entrenados. Un ejército capaz de trabajar en equipo como si de una sola persona se tratara. Kan fue a ver a su padre Kazo y se encontró con que estaba hablando a todo su ejército. Estos estaban en formación, por columnas de Siete. El número perfecto.
Eran cientos de Samurais todos en perfecta formación. Sus limpias armaduras relucían frente al fúlgido sol. En el mango de sus espadas katanas, envainadas en su cintura, lucían sus cargos y méritos. Adornos de oro, plata y diamantes lucían por doquier. Sus miradas seguras reflejaban una formación perfecta y años de experiencia acumulada. La voz de su padre recorría las filas llenándolas de orgullo mientras cientos de miradas de respeto y admiración se dirigían al unísono hacia su general. La voz cálida, grave y penetrante de su padre cesó y al unísono surgió un grito de victoria de la garganta de los Samurais. Kazo se retiró mientras Aki, el primero de su guardia personal de Siete Samurais tomaba el mando de la reunión y dejaba que el viejo Samurai descansara. Al instante, Kan sintió la mano de su padre en su hombro, señal de que tenía que estar más alerta y ser más rápido. El día que él fuera capaz de poner su mano primero en el hombro de su padre, ese día sería todo un Samurai. Mientras tanto sólo era un aprendiz.
- Padre, he fallado! - pronunció por fin el joven Samurai - no he podido crear mi guardia personal de Siete Samurais, no puedo alcanzar la fuerza del equipo. Sólo mi amigo Goku se ha unido a mí y se que sólo ha sido por amistad.
- Hijo, no has fallado - la mirada de Kazo comunicaba comprensión, el había pasado por lo mismo hace mucho tiempo - sólo has empezado, y todavía te falta mucho por aprender.
- Si padre, pero yo he hablado con todos mis amigos, les he contado las maravillas que hacéis tú y tus Samurais, el espíritu de trabajo en equipo, el honor... ¡todo! y ¿sabes lo que he conseguido? - el rostro de Kan se enrojeció de vergüenza e ira - Me miran con cara extraña, me dicen que eso no es posible, ¡Que son cuentos e ilusiones de un crío! Pero yo sé que es verdad, lo he visto con mis propios ojos y hay cosas que ya sé hacer. ¿Cómo puedo convencerles padre? ¿Cómo puedo hacer que se unan a mí?
Kan guardó silencio, su padre le miró y vió en sus ojos una mirada de fe absoluta.
Naturalmente Kazo, como padre suyo, podría hacer el trabajo por él, reclutar y adiestrar él mismo a esos Siete Samurais, pero entonces su hijo no aprendería. No, debía ser él mismo quien lo hiciera, y el viejo Samurai debía enseñarle el camino a su hijo igual que con cada uno de los cientos de soldados samurais que había formado durante todos estos años.
- Hijo, ¿con cuántas personas has hablado?
- Con muchas padre. Quince, quizás veinte.
- Y de veinte personas ¿has conseguido que una, Kazo, diera el primer paso para convertirse en Samurai?
- Sí padre... pero me faltan seis.
- Pues has tenido éxito mi querido Kan, aun sin saber trabajar correctamente.
Acuérdate de la historia de los pescadores de ostras, Stauros para conseguir sus siete ostras con perla necesitó pescar cien ostras. Así, para conseguir a tus Siete Samurais tendrás que hablar con más de cien personas.
- Son muchas padre... sin embargo lo haré, ¡hoy mismo lo haré!
- No debes precipitarte hijo. Si hablases todos los días con tanta gente descuidarías tus obligaciones. Lo primero que debes hacer es organizarte. Fija un horario. Reparte tu tiempo a lo largo del día. Dedica unas horas a hablar a la gente sobre las ventajas de ser Samurai, otras a practicar tus habilidades, otras a adquirir habilidades nuevas, otras a enseñar lo que sabes a tu equipo y por último acuérdate de descansar para recuperar fuerzas. A última hora del día haz un balance del día. Analiza lo que has hecho y medita sobre cómo podías haberlo hecho mejor. Y lo más importante, el último día de la semana analiza todo lo que has hecho y busca los defectos o fallos que puedas encontrar en tus actos, tu forma de actuar y de pensar. Anótalos y haz un plan de acción para remediarlos la semana siguiente. ¡El Samurai ha de intentar ser cada vez mejor!
- Si me fijo un horario - dijo pensativo el hijo - podré actuar más eficientemente y me costará menos ponerme a hacer las cosas, porque la propia fuerza de la costumbre me empujará a hacer esa tarea. ¿No es así padre?
- Exacto hijo - El viejo Samurai estaba muy orgulloso de su hijo, con sólo doce años ya era toda una promesa.
Aprendía muy rápidamente y ponía todo de su parte para que así fuera.
Sin duda algún día superaría en méritos a su padre. Ese sería el mejor regalo que Kan podría hacerle a su anciano padre.
- A partir de ahora me organizaré. Y me pondré pequeños objetivos que cumplir. Así cuando los alcance sabré que he actuado correctamente.
- ¿Sabes cómo se caminan mil leguas hijo mío?
- No, eso es mucha distancia ¿Cómo?
- Pues paso a paso, mil leguas no son más que muchos pequeños pasos que unidos hacen una distancia descomunal.
La única forma de recorrerla es dando un paso detrás de otro. Si lo hacemos así, dividiendo la distancia a recorrer en noventa días y cada día en ocho horas de camino, y cada hora en sesenta minutos... descubriremos que sólo habremos de dar cinco pasos en un minuto durante tres meses para llegar a recorrer mil leguas. ¿Te parece mucho dar cinco pasos en un minuto?
- No padre! - dijo riéndose el aprendiz de Samurai - ¡Es muy fácil dar cinco pasos en un minuto! ¡¡¡Mira como los doy!!! - Y levantándose dio cinco pasos, se dió la vuelta y dió otros cinco pasos hacia su padre - Ves diez pasos en un minuto y todavía tengo tiempo para descansar!!!
- Pues de esta misma forma habrás de trabajar querido hijo, poco a poco, organizadamente y sin pausa. ¡Hazlo así y en menos tiempo del que crees tendrás tu propio equipo de Siete Samurais!



Morir en el gallinero
Autor: Mamerto Menapace
Procedencia: Colaborador/a

Una vez un campesino, que andaba por la cordillera, encontró entre las rocas de las cumbres un huevo extraño. Era demasiado grande para ser de gallina. Además, habría sido difícil que este animal hubiera llegado hasta allá arriba para depositarlo. Y resultaba demasiado pequeño para ser de avestruz.

No sabía de qué era, pero decidió llevárselo. Cuando llegó a su casa, lo entregó a su mujer, que justamente tenía una pava empollando un nido de huevos acabados de colocar. Viendo que más o menos era de la medida de los otros, también lo colocó con los demás huevos.

Dio la casualidad que para cuando empezaron a romper los caparazones los pavos, también lo hizo el pichón que se empollaba en el huevo traído de las cumbres. Y aunque resultó un animalito no del todo igual, no desentonaba demasiado del resto de los recién nacidos. Y aun así se trataba de una cría de cóndor. Sí señor, de cóndor. Aunque había nacido con el calor de la pava, la vida le venía de otra fuente.

Como que no tenía dónde aprender otra cosa, la bestia imitó lo que veía hacer. Piulaba como los otros pavos, y seguía a la pava en busca de gusanos, semillas y desperdicios. Hurgaba la tierra, y a saltitos trataba de arrancar las frutas maduras de los árboles. Vivía en el gallinero, y tenía miedo a los gatos lanudos que muchas veces venían a disputarle lo que el ama de casa echaba en el patio, tras las comidas. Por la noche subía a las ramas del algarrobo por miedo a las alimañas. Vivía haciendo lo que veía hacer a los otros.

A veces se sentía algo extraño. Sobre todo cuando tenía la oportunidad de estar solo. Pero no era frecuente que lo dejaran solo. El pavo no aguanta la soledad, ni soporta que otros se dediquen a ella. Es bicho de andar siempre en bandadas, sacando pecho para impresionar, abriendo la cola y arrastrando el ala. Cualquier cosa que le pueda impresionar, es contestada inmediatamente con una sonora burla. Cosa muy típica de estas aves, que pese a ser grandes, no vuelan.

Un mediodía de cielo claro y nubes blancas allá en las alturas, nuestro animalito quedó sorprendido al ver unas extrañas aves que planeaban majestuosas, casi sin mover las alas. Sintió como un estremecimiento en lo profundo de su ser. Algo así como un antiguo llamamiento que quería despertarlo en lo íntimo de sus fibras. Sus ojos acostumbrados a mirar siempre al suelo en busca de comida, no conseguían distinguir lo que sucedía en las alturas. Pero su corazón despertó a una nostalgia poderosa. Y él, ¿por qué no volaba así? El corazón le latió, precipitado y ansioso.

Pero, en este momento, se le acercó otro pavo que le preguntó qué estaba haciendo. Se le confió y le explicó lo que había visto y qué había sentido. El pavo se rió y le dijo que era un romántico, y que se dejara de tonterías. Ellos estaban para otra cosa. Tenía que ser realista. Lo importante era ir a un lugar donde hubiera mucha fruta madura y todo tipo de gusanos.

El pobre animalito, desorientado, se dejó sacar de su encantamiento y siguió al otro animal que lo volvió al gallinero. Volvió a su vida normal, siempre atormentado por una profunda insatisfacción interior que le hacía sentirse extraño.

Nunca descubrió su auténtica identidad de cóndor. Y viejo, un día murió. Sí, lamentablemente murió en el corral de los pavos como había vivido.

¡Y pensar que había nacido para las cumbres!






El arcángel caracol
Autor: Martín Descalzo
Procedencia: Colaborador/a

Hay una vieja fábula oriental que cuenta la llegada de un caracol al cielo. El animalito había venido arrastrándose kilómetros y kilómetros desde la tierra, dejando un surco de baba por los caminos y perdiendo también trozos del alma por el esfuerzo. Y al llegar al mismo borde del pórtico del cielo, San Pedro le miró con compasión. Le acarició con la punta de su bastón y le preguntó: " ¿Qué vienes a buscar tú en el cielo, pequeño caracol?" El animalito, levantando la cabeza con un orgullo que jamás se hubiera imaginado en él, respondió: "Vengo a buscar la inmortalidad". Ante esta respuesta, San Pedro se echó a reír francamente, aunque con ternura. Y preguntó: “¿La inmortalidad? Y ¿qué harás tú con la inmortalidad?” "No te rías -dijo ahora airado el caracol-. ¿Acaso no soy yo también una criatura de Dios, como los arcángeles? ¡Sí, eso soy, el arcángel caracol!" Ahora la risa de San Pedro se volvió un poco más malintencionada e irónica: "¿Tú eres un arcángel? Los arcángeles llevan alas de oro, escudo de plata, espada flamígera, sandalias rojas. ¿Dónde están tus alas, tu escudo, tu espada y tus sandalias?" El caracol volvió a levantar con orgullo su cabeza y respondió: "Están dentro de mi caparazón. Duermen. Esperan." "Y ¿qué esperan, si puede saberse?", arguyó San Pedro. "Esperan el gran momento", respondió el molusco. El portero del cielo, pensando que nuestro caracol se había vuelto loco de repente, insistió: "¿Qué gran momento?" "Éste", respondió el caracol, y al decirlo dio un gran salto y cruzó el dintel de la puerta del paraíso, del cual ya nunca pudieron echarle.

Esta gloriosa fábula, que recoge Kazantzakis en su magnífica biografía de San Francisco de Asís, me parece una de las mejores historias que conozco sobre la dignidad humana. ¿O acaso no seremos nosotros más que los caracoles?
Pasa el hombre sus horas arrastrándose por los caminos del mundo, ¿y deja algo más que baba? Si medimos las horas de los hombres, hay en ellas mucho más de mediocridad que de heroísmo. Se diría, a veces, que nuestras manos se construyeron para equivocarse, que de ellas sólo sale dolor para los demás y cansancio para sus propietarios. Débiles como caracoles, cualquiera podría pisotearnos y reventaría nuestra existencia como la débil concha de los gasterópodos. ¡Y cómo nos domina el miedo! ¡Cuántas veces nos acurrucaríamos dentro de nosotros mismos si contáramos con esa concha protectora en la que refugiarnos!
Y, sin embargo, dentro están nuestras armas: las alas de oro de la inteligencia, el escudo de plata de la voluntad, la lanza viva de la palabra, las sandalias rojas del coraje. Están ahí, dentro, dormidas, casi sin usar. ¡Qué pocas veces desenvainan los hombres sus almas! Las tienen, son enormes y magníficas, resistentes al dolor, literalmente invencibles. Pero anestesiadas, atrofiadas de grasa, mojadas como paja que humea y no arde.
Duermen, pero también esperan. En el más amargado de los seres humanos flamea una bandera de esperanza. No sabe por qué espera, pero espera. Incluso cuando todo parece estar perdido, la niña esperanza grita que tal vez mañana cambie todo. No hay más razón que ese hermoso "tal vez"; no hay más base para confiar que esa palabra que a mí me parece la más hermosa de nuestro idioma: todavía. Todavía Dios nos ama, todavía estamos vivos, todavía puede el mundo cambiar, todavía alguien va a querernos, todavía, todavía. Quienes la practican jamás envejecen. Y es éste todavía, el que nos da fuerza para arrastrarnos hasta las puertas del cielo, para llegar hasta ellas con orgullo.
Este orgullo de ser hombres no puede ser pecado, a no ser que se trate de un orgullo tan tonto que empieza por renunciar a su mejor raíz: la de pertenecer a la gran estirpe de los hijos de Alguien. Somos los "arcángeles hijos". Y no es lo importante la baba que se dejó por los caminos, sino el alma, que ningún camino nos podrá arrebatar si nosotros no nos resignamos a perderla.
Pero falta, eso sí, el gran salto. Sólo se realizan y se salvan los atletas, los que se atreven a vivirse, los que cada mañana y cada tarde saltan desde el sueño a la existencia. De ésos será el reino de los cielos y lo mejor del reino de la tierra: la alegría.
Animo, hermanos/as caracoles: las alas, el escudo, las sandalias y la lanza están dentro. No se ven, pero esperan. Los caracoles-atletas mostrarán un día los arcángeles invisibles que eran. Sólo falta saltar, hermanos/as caracoles.


Cuando Dios creo a los padres
Autor: Fernando Macias Valadez
Procedencia: Colaborador/a


Cuando Dios creó a los Padres, comenzó con una talla grande. Un ángel se le acercó y le dijo: "¿Qué clase de Padre es ése? ¿Si estás haciendo niños tan cerca del suelo, por qué pones al Padre tan arriba? No podrá jugar a canicas sin arrodillarse, arropar a un niño en la cuna sin torcerse la espalda, o besar a un niño sin encorvarse."

Dios sonrió y dijo: "Sí, pero si le hago del tamaño de un niño, ¿Como quién tendrían que crecer los niños?"

Y cuando Dios hizo las manos del Padre, éstas eran grandes. El ángel agitó su cabeza y dijo: "Las manos grandes no pueden sujetar un pañal, abrochar botones pequeños, poner una tirita, o quitar astillas o jugar con un bate de béisbol."

De nuevo Dios sonrió y dijo: "Lo sé, pero son lo suficientemente grandes para sostener todo lo que un muchacho pequeño vacía de sus bolsillos, y todavía bastante pequeñas para acariciar la cara de una niño con una sola de ellas."

Entonces Dios moldeó piernas largas delgadas y hombros anchos. "¿Te has dado cuenta que hiciste un Padre sin regazo?" El ángel lo dijo susurrando.

Dios dijo: "Una Madre requiere un regazo. Un Padre necesita hombros fuertes para tirar un trineo, balancear a un muchacho en una bicicleta, o sostener una cabeza soñolienta de un pequeño, como un gran malabarista."

Cuando Dios estaba en medio de la creación se mostraron los pies más grandes vistos hasta entonces, el ángel no pudo contenerse más: "Esto no es de confianza. ¿Honestamente crees que esos pies van a llegar más rápido a la cama del bebé cuando llore por las mañanas, o caminar a través de una fiesta de cumpleaños sin pisar a los huéspedes?"

Y Dios dijo: "Trabajarán. Ya lo verás. Soportarán y tendrán la fuerza para pedalear con un niño pequeño paseando en bicicleta por la montaña o asustarán ratones en una cabaña de verano, y enseñarán al pequeño el desafío de llenar esos zapatos."

Dios trabajó todo la noche, dio al Padre pocas palabras, pero una voz firme para mostrar autoridad; ojos que ven todo, pero con calma y tolerancia.

Finalmente, agregó lágrimas. Entonces se volvió al ángel y le dijo: "¿Ahora estás satisfecho? ¡Puede amar intensamente como lo hace una Madre!"

El ángel no dijo nada más.

 


El pasado
Autor/a Desconocido/a
Procedencia: Colaborador/a



San Antonio vivía en el desierto, cuando se aproximó un jov
en.
- Padre, vendí todo lo que tenía y di el dinero a los pobres. Solo guardé unas pocas cosas para que me ayuden a sobrevivir aquí. Me gustaría que me enseñara el camino de la salvación.
San Antonio pidió al muchacho que vendiese también las pocas cosas que había guardado y con el dinero obtenido comprase carne en la ciudad. Al regreso, debía traer la carne atada a su cuerpo.
El muchacho obedeció. Al regresar, fue atacado por perros y halcones, que querían un pedazo de carne.
- Ya estoy de vuelta - dijo el chico, mostrando el cuerpo arañado, mordido y las ropas en jirones - ¿Por qué me mandó hacer esto?
- Para mostrarte que lo que trajiste de tu pasado no sirve en tu presente. Cuando tengas que escoger un nuevo camino, no traigas experiencias viejas. Aquellos que dan un paso nuevo pero quieren mantener un poco de su antigua vida terminan desgarrados por los propios recuerdos.

El pasado ya está con nosotros, no hay que traerlo aún más a nuestra vida.




Crecer
Autor/a Desconocido/a
Procedencia: Colaborador/a



Cierto rabino era adorado por su comunidad, todos se quedaban encantados con lo que decía.
Menos Isaac, que no perdía oportunidad de contradecir las interpretaciones del rabino, señalar los fallos en sus enseñanzas. A los demás les indignaba esta actitud, pero no podían hacer nada.
Un día Isaac se murió. Durante el entierro, la comunidad notó que el rabino estaba profundamente triste.
- ¿Por qué tanta tristeza? - preguntó alguien - ¡Él vivía señalando defectos en todo lo que usted decía!
- No me lamento por mi amigo que hoy está en el cielo - respondió el rabino - Me lamento por mí mismo. Mientras que todos me reverenciaban, él me desafiaba y yo estaba obligado a mejorar. Ahora que ya se fue, tengo miedo de parar de crecer.

 



Apego
Autor/a Desconocido/a
Procedencia: Colaborador/a


En un monasterio antiguo, un maestro empezó a preocuparse por un discípulo suyo. Sucedió, que éste había venido al monasterio con lo poco que tenía y lo había entregado todo. Sin embargo, uno de los bienes que entregó, fue una hermosa vaca.
Como era su antiguo dueño, el maestro le dijo que la cuidara. Y realmente había hecho un buen trabajo: la leche no sólo alcanzaba para el monasterio y a sus necesidades, sino también daba para vender y así recolectar algo para unos gastos que tenían que hacer.
Pero, el discípulo pasaba demasiado tiempo con la vaca. El maestro llegó a la conclusión de que éste no había entregado realmente su vaquita.
Así que lo llamó a su despacho y le dijo que quería que el muchacho se encerrara en una celda. Era una celda especialmente hecha para eliminar apegos y el método no podía ser más interesante: permanecer en silencio absoluto, sólo interrumpido por una pregunta diaria que le haría su maestro.
Al día siguiente de estar en su celda, el maestro le preguntó al muchacho:
- ¿Y cómo está la vaca?
- Está muy bien, maestro. Soy capaz de recordarla muy bien.
Todavía no estaba listo. Al otro día:
- ¿Y cómo está la vaca?
- Está muy bien, maestro. Soy capaz de verla muy bien.
Todavía no estaba listo. Al otro día:
- ¿Y cómo está la vaca?
- Está muy bien, maestro. Soy capaz de sentirla, como si estuviese fuera de mi celda.
Todavía no estaba listo. Al otro día:
- ¿Y cómo está la vaca?
- Está muy bien, maestro. Soy capaz de sentirla como si estuviese dentro de mi celda. Es como si ella estuviese conmigo aquí y ahora mismo.
No estaba listo. El maestro empezó a sospechar que este método no le iba a funcionar. Así que decidió que, al otro día, se iría para otra parte. Cuando llegó a la celda, golpeó y llamó a su discípulo, pero no obtuvo respuesta.
Nuevamente golpeó y escuchó, pasmado, un mugido.
Al abrir la puerta, encontró a su discípulo apoyado en las cuatro patas, ¡rumiando como una vaca!





Como para respirar
Autor/a Desconocido/a
Procedencia: Colaborador/a

Cierta vez un hombre decidió consultar a un sabio sobre sus problemas. Después de un largo viaje hasta el paraje donde aquel Maestro vivía, el hombre finalmente pudo dar con él:
- Maestro, vengo a usted porque estoy desesperado, todo me sale mal y no sé qué hacer para salir adelante.
El sabio le dijo:
- Puedo ayudarte en esto... ¿sabes remar ? Un poco confundido, el hombre contestó que sí. Entonces el maestro lo llevó hasta el borde de un lago, juntos subieron a un bote y el hombre empezó a remar hacia el centro a petición del maestro.
- ¿Va a explicarme ahora cómo mejorar mi vida? -dijo el hombre advirtiendo que el anciano gozaba del viaje sin más preocupaciones.
- Sigue, sigue -dijo éste- que debemos llegar al centro mismo del lago.
Al llegar al centro exacto del lago, el maestro le dijo:
- Arrima tu cara todo lo que puedas al agua y dime qué ves.... El hombre, pasó casi todo su cuerpo por encima de la borda del pequeño bote y tratando de no perder el equilibrio acercó su rostro todo lo que pudo al agua, aunque sin entender mucho para qué estaba haciendo aquello. De repente, el anciano le empujó y el hombre cayó al agua. Al intentar salir, el sabio le sujetó su cabeza con ambas manos e impidió que saliera a la superficie. Desesperado, el hombre manoteó, pataleó, gritó inútilmente bajo el agua. Cuando estaba a punto de morir ahogado, el sabio lo soltó y le permitió subir a la superficie y luego al bote. Al llegar arriba el hombre, entre toses y ahogos, le gritó:
- "¿Está usted loco? ¿No se da cuenta que casi me ahoga?" Con el semblante tranquilo, el maestro le preguntó:
- ¿Cuando estabas bajo el agua, en qué pensabas, qué era lo que más deseabas en ese momento?.
- ¡¡respirar, por supuesto!! -Bien, pues cuando pienses en triunfar con la misma vehemencia con la que pensabas en ese momento en respirar, entonces estarás preparado para triunfar....





El leopardo y el fuego
Autor/a Desconocido/a
Procedencia: Colaborador/a


Según un cuento africano, antiguamente el leopardo y el fuego eran amigos. El leopardo vivía, como ahora, en la selva, y el fuego en una caverna. A veces el leopardo hacía largas caminatas para ir a ver a su amigo. Un día le dijo: "¿Por qué no me devuelves mis visitas? ¿Y por qué estás aquí metido siempre en la caverna en compañía de estas piedras negras?". El fuego respondió: "Es mucho mejor que yo esté aquí. Si salgo, puedo ser muy peligroso." Pero el leopardo insistió tanto, que al fin su amigo dijo: "Bueno, pero primero limpia cuidadosamente la explanada que hay delante de la caverna". El leopardo era algo perezoso, así que arrancó la hierba, pero dejó alguna que otra hoja seca. Cuando el fuego salió de la caverna, se transformó en seguida en un gran incendio que, impulsado por el viento, llegó hasta la copa de los árboles. El leopardo, aterrorizado, se puso a correr de un lado para otro y se le quemó la piel. Por eso todavía hoy el leopardo lleva las señales de las quemaduras y, cuando ve a lo lejos a su amigo el fuego, huye como un loco. Moraleja: los perezosos y los inconstantes pierden hasta los amigos.





Amo la vida
Autor/a: Desconocido/da
Procedencia: Colaborador/a

Amo la vida porque sé y proclamo que es el don más grande que nos fue dado, porque fue mi posesión primera y será lo ultimo que me será quitado.
Teniéndola en mi haber he conseguido infinitas experiencias, que el valor de la más leve sobrepasa al valor de todo el oro de este mundo.
Amo la vida, señores, ¡la disfruto!
Por el tibio calor del sol cada mañana, por sus noches tan frías y de luto que convierten en espejos mi ventana.
Amo la vida porque cada día me llenará de nuevas experiencias y será cada una de ellas mía y a todas ellas el alma las ansía.
Amo la vida porque la he probado y su sabor agridulce me fascina, y si algún bien con un mal se me ha pagado no es necesario que esto me deprima.
Amo la vida pues ella me ha enseñado que no es el bien ajeno el que me eleva, que es más hermoso amar que ser amado, no sé de nadie que a negar esto se atreva.
Amo la vida con todos sus caprichos, con toda su ponzoña y su malicia pues, si no existiera el mal; ¿cómo podría llenarme de orgullo por bien hecho?
Amo la vida, y lo que más amo es el amor que en ella he encontrado, ese amor que me ayuda en cada tramo a amar la vida como jamás se ha amado.
Amo la vida porque existo, y nadie puede evitar mi ser de ayer y de ahora. La amo porque no hace ni siquiera treinta años yo no existía.
Amo la vida porque sé que un día se apagará el sol de mis mañanas y entonces sabré de qué servía amar la vida así, con tantas ganas.

 






Veinticuatro cosas para recordar
y una para no olvidar nunca
Autor/a: Desconocido/da
Procedencia: Colaborador/a


Tu presencia es un regalo para el mundo.
Eres una persona única entre un millón.
Tu vida puede ser cómo tú quieras que sea.
Vive cada día con intensidad.
Cuenta tus alegrías, no tus desgracias.
Lucha contra cualquier adversidad que se te presente.
Dentro de ti hay infinitas respuestas.
Comprende, ten ánimo, sé fuerte.
No te pongas límites.
¡¡¡Hay tantos sueños que esperan ser realizados!!!
Las decisiones son demasiado importantes para dejarlas al azar.
Lucha por tu ideal, tu sueño, tu premio.
No hay nada que desgaste tanto como las preocupaciones.
Cuanto más cargamos con un problema, más pesado se hace.
No te tomes las cosas con tanta seriedad
Vive una vida de serenidad, no de lamentos.
Recuerda que un poco de amor recorre mucho camino.
Recuerda que mucho... es para siempre.
Recuerda que la amistad es una sabia inversión.
Los tesoros de la vida son las personas...unidas.
Nunca es demasiado tarde.
Transforma lo ordinario en extraordinario.
Ten salud, esperanza y felicidad.
Pídele un deseo a una estrella.
Y nunca olvides... ni siquiera por un día...que eres especial.




Amor
Autora: Claudia Patricia Ospina Díaz
Procedencia: Colaborador/a

Había una joven muy rica, que tenía de todo: un marido maravilloso, hijos perfectos, un empleo que le daba muchísimo bienestar, una familia unida.

Lo extraño es que ella no conseguía conciliar todo eso, el trabajo y los quehaceres le ocupaban todo el tiempo y a su vida siempre le faltaba algo en algún aspecto.

Si el trabajo le quitaba mucho tiempo, ella lo sacaba de la atención a los hijos, Si surgían problemas, ella dejaba de lado al marido... Y así, las personas que amaba quedaban siempre para el final.

Hasta que un día, su padre, un hombre muy sabio, le dio un regalo: Una flor carísima y rarísima, de la que sólo había un ejemplar en todo el mundo. Y le dijo:

-Hija, esta flor te va a ayudar mucho, ¡más de lo que te imaginas! Tan sólo tendrás que regarla y podarla de vez en cuando, y a veces conversar un poco con ella, y ella te dará a cambio ese perfume maravilloso y esas preciosas flores.

La joven quedó muy emocionada, a fin de cuentas, la flor era de una belleza sin igual.

Pero el tiempo fue pasando, los problemas surgieron, el trabajo consumía todo su tiempo, y su vida, que continuaba confusa, no le permitía cuidar de la flor.

Ella llegaba a casa, miraba la flor y las flores todavía estaban allá, no mostraban señal de flaqueza o muerte, justamente estaban allá, lindas, perfumadas.

Entonces ella pasaba de largo. Hasta que un día, así sin más, la flor murió. Ella llegó a casa ¡y se llevó un susto! Estaba completamente muerta, su raíz estaba reseca, sus flores caídas y sus hojas amarillas.

La joven lloró mucho, y contó a su padre lo que había ocurrido. Su padre entonces respondió:

- Yo ya me imaginaba que eso ocurriría, y no te puedo dar otra flor, porque no existe otra flor igual a ésa, ella era única, al igual que tus hijos, tu marido y tu familia. Todos son bendiciones que el Señor te dio, pero tú tienes que aprender a regarlos, podarlos y darles atención, pues al igual que la flor, los sentimientos también mueren.

Te acostumbraste a ver la flor siempre allí, siempre florida, siempre perfumada, y te olvidaste de cuidarla.

¡Cuida a las personas que amas! Acuérdate siempre de la flor, pues las Bendiciones del Señor son como ella, Él nos las da, pero nosotros las tenemos que cuidar.





Veintitrés preguntas a la Madre Teresa
Autor/a: Desconocido/da
Procedencia: Colaborador/a

1 - ¿Cuál es el día más bonito? Hoy.
2 - ¿Cuál es la cosa más fácil? Equivocarse.
3 - ¿Cuál es el obstáculo más grande? El miedo.
4 – ¿Cuál es el mayor error? Abandonarse.
5 - ¿Cuál es la causa de todos los males? El egoísmo.
6 - ¿Cuál es la distracción más bella? El trabajo.
7 - ¿Cuál es la peor derrota? El desaliento.
8 - ¿Quiénes son los mejores profesores? Los niños.
9 - ¿Cuál es la primera necesidad? Comunicarse.
10 - ¿Qué es lo que hace más feliz? Ser útil a los otros.
11 - ¿Cuál es el misterio más grande? La muerte.
12 - ¿Cuál es el peor defecto? El malhumor.
13 - ¿Quién es la persona más peligrosa? La mentirosa.
14 - ¿Cuál es el sentimiento más malo? El rencor
15 - ¿Cuál es el regalo más bonito? El perdón.
16 - ¿Qué es lo más imprescindible? El hogar.
17 - ¿Cuál es la ruta más rápida? El camino recto.
18 - ¿Cuál es la sensación más grande? La paz interior.
19 - ¿Cuál es el refugio más eficaz? El optimismo.
20 – ¿Cuál es la mayor satisfacción? El deber cumplido.
21 - ¿Cuál es la fuerza más potente del mundo? La fe.
22 - ¿Quiénes son las personas más necesarias? Los padres.
23 - ¿Cuál es la cosa más bella de todas? El amor

 

 



Decálogo humanista
Autor/a: Desconocido/a
Procedencia: Colaborador/a

1.- No te valores excesivamente, acepta tus limitaciones. Tampoco te infravalores.
2.- No utilices de manera innecesaria nombres "sagrados"como: amistad, amor, trabajo, solidaridad, etc.
3.- Busca tiempo para el descanso y el ocio, ratos para estar con los amigos y disfrutar cada momento lo que estás haciendo.
4.- Honra a los padres, a los abuelos y aprecia a todo el mundo. Tienes que ser siempre una persona honrada.
5.- No dispongas de la vida de nadie. Respeta tu vida y la de los otros y procura vivirla con la máxima calidad posible.
6.- Sé dueño de tu propia sexualidad y respeta siempre la libertad y la dignidad de los otros.
7.- Que el dinero esté siempre a tu servicio. Que no se convierta nunca en tu dueño y señor.
8.- Preséntate tal y como eres realmente, sin engaños ni mentiras. No quieras aparentar lo que no eres.
9.- Valora a las personas por lo que son y no por lo que tienen
10.- Respeta los bienes de los otros. Igualmente respeta lo que está al servicio de todos.

¡Vive y ayuda a vivir! ¡Vive y deja vivir!




Creer en la utopía
Autor: Martí Luther King
Procedencia: Colaborador/a

Yo he soñado que los hombres, un día, se levantarán y comprenderán, de una vez, que han sido creados para vivir juntos como hermanos.

Yo he soñado esta mañana, que un día, cada negro de este país, cada hombre de color de cualquier sitio del mundo, será juzgado por su valía personal y no por el color de su piel, y que todos los hombres respetarán la dignidad de la persona humana.

También he soñado que, un día, los estómagos vacíos se podrán llenar, que la fraternidad será algo más que una palabra al final de la plegaria, que será el tema principal del orden mundial.

También he soñado que, un día, la justicia brotará como el agua y la honradez será un gran torrente.

También he soñado hoy, que en todas las ciudades del Estado y en todos los municipios entrarán ciudadanos elegidos que nos harán justicia, la amarán y andarán humildemente por los caminos de su Dios.

También he soñado que, un día, yacerán juntos el cordero y el león, que los hombres podrán descansar bajo la parra y la higuera, y que nadie volverá a tener nunca jamás miedo.

También he soñado hoy, que se reducirán los abismos y se abajarán las montañas y los cerros, y los terrenos escabrosos serán un valle, que Dios se dejará ver, que todos los hombres, reunidos, lo verán....

También he soñado que, gracias a esta fe, venceremos las tentaciones de la desesperanza y encenderemos una luz nueva sobre las tinieblas del pesimismo.

 



Aprendí y decidí
Walt Disney
Procedencia: Colaborador/a

Y así después de esperar tanto, un día como cualquier otro decidí triunfar... decidí no esperar a las oportunidades sino yo mismo salir a buscarlas, decidí ver cada problema como la oportunidad de encontrar una solución, decidí ver cada desierto como la oportunidad de encontrar un oasis, decidí ver cada noche como un misterio a resolver, decidí ver cada día como una nueva oportunidad de ser feliz.

Aquel día descubrí que mi único rival no eran más que mis propias debilidades, y que en éstas, está la única y mejor forma de superarnos, aquel día dejé de tener miedo a perder y empecé a tener miedo a no ganar, descubrí que no era yo el mejor y que quizás nunca lo fui, me dejó de importar quién ganara o perdiera, ahora me importa simplemente saberme mejor que ayer.

Aprendí que lo difícil no es llegar a la cima, sino no dejar de subir jamás. Aprendí que el mejor triunfo que puedo tener, es tener el derecho de llamar a alguien "Amigo".

Descubrí que el amor es más que un simple estado de enamoramiento, "el amor es una filosofía de vida". Aquel día dejé de ser un reflejo de mis escasos triunfos pasados y empecé a ser mi propia tenue luz de este presente; aprendí que de nada sirve ser luz si no vas a iluminar el camino de los demás.

Aquel día decidí cambiar tantas cosas... aquel día aprendí que los sueños son solamente para hacerse realidad, desde aquel día ya no duermo para descansar... ahora simplemente duermo para soñar.

 



Hacer con lo que tenemos
Jack Riemer, Houston Chronicle, Febrero 10, 2001

En Noviembre 18 de 1995, el violinista Itzhatk Perlman, subió al escenario para dar un concierto en el salón Avery Fisher del "Lincoln Center" en la ciudad de Nueva York. Si usted alguna vez ha estado en un concierto de Perlman, sabe que subir al escenario no es un logro pequeño para él.

Él estuvo atacado de polio cuando era niño, tiene abrazaderas en ambas piernas y camina con la ayuda de muletas. Verlo caminar sobre el escenario de un lado al otro, paso a paso, lenta y penosamente, es una escena impresionante. Camina penosa pero majestuosamente, hasta que alcanza su silla.

Después se sienta y lentamente deja las muletas en el suelo, abre los broches de las abrazaderas de sus piernas, encoge un pie y extiende el otro hacia adelante. Después se inclina y recoge el violín, lo pone bajo su barbilla, hace seña al Director y empieza a tocar.

Hasta ahora, la audiencia ya estaba acostumbrada a este ritual. Permanecían silenciosamente sentados mientras él caminaba por el escenario hasta su silla. Permanecían respetuosamente en silencio hasta que él estuviera listo para tocar; pero esta vez, algo ocurrió. Justo cuando él terminaba de tocar sus primeros pentagramas, una cuerda de su violín se rompió. Uno podía oír el estallido. Salió disparada como una bala por el salón. No había duda de lo que ese sonido significaba. No había duda de lo que él tendría que hacer.

Los que estaban ahí esa noche pensaron: "Esta vez, va a tener que ponerse de pie, abrocharse las abrazaderas, recoger las muletas, y salir cojeando del escenario para buscar otro violín u otra cuerda."

Pero no fue así. En su lugar, esperó un momento, cerró sus ojos y después hizo señas al Director para empezar a tocar. La orquesta empezó y él tocó desde donde había parado. El tocó con tanta pasión, con tanto poder y con una claridad que nunca antes nadie había escuchado.

Claro, cualquiera sabe que es imposible tocar una obra sinfónica con sólo tres cuerdas. Lo sé yo y lo sabe usted, pero esa noche Itzhak Perlman se nego a saberlo. Uno podía observar como modulaba, cambiaba y recomponía esa pieza en su cabeza. En un instante, sonaba como si él estuviera desafinando las cuerdas para obtener sonidos que éstas habían hecho.

Cuando terminó, había un silencio impresionante en el salón. Después la gente se levantó y lo aclamó. Había una explosión de aplausos desde cada rincón del auditorio. Todos estábamos de pie, gritando y aclamando, haciendo todo lo posible para mostrar cuánto apreciábamos lo que él había hecho.

Él sonrió, se secó el sudor de sus cejas, alzó su arco para callarnos, y después dijo, sin presumir, pero en un tono tranquilo, pensativo, y reverente:

"Como ustedes saben, algunas veces la tarea del artista es la de averiguar cuánta música podemos producir con lo que nos queda."

Qué palabras tan poderosas. Se han quedado grabadas en mi mente desde que las oí. ¿Y quién sabe? Tal vez esa sea la definición de la vida, no sólo para los artistas pero para todos nosotros. He aquí un hombre que se ha preparado durante toda su vida para hacer música con un violín de cuatro cuerdas, quien, se encuentra de repente en medio de un concierto con solo tres cuerdas; y entonces crea música con tres cuerdas, y la música que él hizo esa noche con sólo tres cuerdas era más bonita y más memorable, que cualquier otra que él haya producido con cuatro cuerdas.

Entonces, tal vez nuestra tarea en este mundo inestable, cambiante, y perplejo en el que vivimos es la de producir música, primero con lo que tenemos, y después, cuando esto ya no sea posible, producir música con lo que nos queda.




Lo único que recuerdo
Bobbie Probstein
Procedencia: Colaborador/a


Cuando mi padre me hablaba, siempre empezaba la conversación diciendo: "¿Ya te dije cuánto te adoro?" La expresión de amor era correspondida y en sus últimos años, cuando su vida empezó a decaer, nos acercamos aún más... si es que era posible.

A los 82 años estaba dispuesto a morirse y yo estaba dispuesto a dejarlo partir para que su sufrimiento terminara. Nos reímos, lloramos, nos cogimos de las manos, nos dijimos nuestro amor y estuvimos de acuerdo en que era el momento. Dije: "Papá, una vez que te hayas ido, quiero que me envíes una señal para saber que estás bien".

Mi padre y yo estábamos tan profundamente unidos, que en el momento de su muerte, sentí su infarto en mi pecho. Día tras día rezaba para saber algo de él, pero no pasaba nada. Pasaron 4 meses y lo único que sentía era el dolor de su pérdida. Mamá había muerto 5 años antes, del mal de Alzheimer.

Un día, mientras estaba tranquilamente tendido sobre una mesa de masajes, en un cuarto oscuro esperando mi turno, me invadió una ola de nostalgia por mi padre. Noté que mi mente se hallaba en un estado de hipersensibilidad. Sentí una claridad desconocida. Cada pensamiento era como una gota de agua que caía en una fuente tranquila y me maravilló la paz de cada momento que pasaba.

De repente, apareció la cara de mi madre, como había sido antes que la enfermedad del Alzheimer la privara de su juicio, de su humanidad y de 25 kilos. Era tan real y estaba tan cerca que daba la impresión de poderla tocar. Se la veía como era unos 12 años atrás, cuando el deterioro no había empezado. Hasta olía la fragancia de su perfume favorito. Me pregunté cómo era posible que estuviera pensando en mi padre y apareciera mi madre, sintiéndome culpable por no haber pedido una señal de ella también.

Dije: "Oh, madre, lamento tanto que hayas tenido que sufrir con esa horrible enfermedad" Inclinó levemente la cabeza hacia un lado, como para confirmar lo que había dicho de su sufrimiento. Luego sonrió y dijo de una manera muy clara: "Pero lo único que recuerdo es el amor". Y desapareció.

Empecé a temblar en una habitación, que de pronto, se había vuelto fría. Supe en lo más profundo de mi ser, que el amor que damos y recibimos, es lo único que cuenta y lo único que se recuerda. El sufrimiento se olvida; el amor permanece.

Sus palabras son las más importantes que he oído en mi vida y ese momento quedó grabado para siempre en mi corazón. Todavía no he visto ni oído a mi padre, pero no tengo ninguna duda que, algún día, cuando menos lo espere, aparecerá y dirá: "¿Ya te dije hoy que te quiero?"





Los brazos de Dios
José Luis Martín Descalzo
"Razones para la esperanza"

Sucedió en la última guerra mundial: en una gran ciudad alemana, los bombardeos destruyeron la más hermosa de sus iglesias, la catedral. Y una de las «víctimas» fue el Cristo que presidía el altar mayor, que quedó literalmente destrozado. Al concluir la guerra, los habitantes de aquella ciudad reconstruyeron con paciencia de artesanos su Cristo bombardeado, y, pegando trozo a trozo, llegaron a reconstruirlo de nuevo en todo su cuerpo... menos en los brazos. De éstos no había quedado ni rastro. ¿Y qué hacer? ¿Fabricarle unos nuevos? ¿Guardarlo para siempre, mutilado como estaba, en una sacristía? Decidieron devolverlo al altar mayor, tal y como había quedado, pero en lugar de los brazos perdidos escribieron un gran letrero que decía:

«Desde ahora, Dios no tiene más brazos que los nuestros.»

Y allí está, invitando a colaborar con Él, ese Cristo de los brazos inexistentes.

Bueno, en realidad, siempre ha sido así. Desde el día de la creación Dios no tiene más brazos que los nuestros. Nos los dio precisamente para suplir los suyos, para que fuéramos nosotros quienes multiplicáramos su creación con las semillas que Él había sembrado.


 



Pequeñas cosas
José Luis Martín Descalzo
Razones desde la otra orilla

Ya no sueño con cambiar el mundo, y a veces me parece bastante con cambiar un tiesto de sitio. Y, sin embargo, otras veces pienso que, pequeñas y todo, esas cosillas que logramos hacer, hasta podrían llegar a ser bastante importantes. Y entonces, en los momentos de desaliento, me acuerdo de una oración de cristianos brasileños que en cierta ocasión escuché y que no he olvidado del todo, pero que, reconstruida ahora por mí, podría decir algo parecido a esto:

Sí, ya sé que sólo Dios puede dar la vida; pero tú puedes ayudarle a transmitirla.

Sólo Dios puede dar la fe, pero tú puedes dar tu testimonio.

Sólo Dios es el autor de toda esperanza, pero tú puedes ayudar a tu amigo a encontrarla.

Sólo Dios es el camino, pero tú eres el dedo que señala cómo se va a él.

Sólo Dios puede dar el amor, pero tú puedes enseñar a otros cómo se ama.

Dios es el único que tiene fuerza, la crea, la da; pero nosotros podemos animar al desanimado.

Sólo Dios puede hacer que se conserve o se prolongue una vida, pero tú puedes hacer que esté llena o vacía.

Sólo Dios puede hacer lo imposible; sólo tú puedes hacer lo posible.

Sólo Dios puede hacer un sol que caliente a todos los hombres; sólo tú puedes hacer una silla en la que se siente un viejo cansado.

Sólo Dios es capaz de fabricar el milagro de la carne de un niño, pero tú puedes hacerle sonreír.

Sólo Dios hace que bajo el sol crezcan los trigales, pero tú puedes triturar ese grano y repartir ese pan.

Sólo Dios puede impedir las guerras, pero tú puedes no reñir con tu mujer o tu hermano.

Sólo a Dios se le ocurrió el invento del fuego, pero tú puedes prestar una caja de cerillas.

Sólo Dios da la completa y verdadera libertad, pero nosotros podríamos, al menos, pintar de azul las rejas y poner unas flores frescas en la ventana de la prisión.

Sólo Dios podría devolverle la vida del esposo a la joven viuda; tú puedes sentarte en silencio a su lado para que se sienta menos sola.

Sólo Dios puede inventar una pureza como la de la Virgen; pero tú puedes conseguir que alguien, que ya las había olvidado, vuelva a rezar las tres avemarías.

Sólo Dios puede salvar al mundo porque sólo Él salva, pero tú puedes hacer un poco más pequeñita la injusticia.

Sólo Dios puede hacer rico a ese pobre mendigo que tanto lo necesita; pero tú puedes irle conservando esa esperanza con una pequeña sonrisa y un "mañana será".

Sólo Dios puede conseguir que reciba esa carta la vecina del quinto, porque Dios sabe que aquel antiguo novio hace muchos años que la olvidó; pero tú podrías suplir hoy un poco esa carta con un piropo y una palabra cariñosa.

En realidad, ya ves que Dios se basta a sí mismo, pero parece que prefiere seguir contando contigo, con tus pequeñas cosas.



Los ojos eran verdes
Autor/a: Desconocido/da
Procedencia: Colaborador/a

En casa de mi amigo Carlos han vivido esta semana una curiosísima tragicomedia. La cosa empezó cuando, a media tarde, mientras mi amigo, encerrado en su despacho, ponía al día los muchos papeles atrasados, entró su hijo Carlitos, el pequeño, y le preguntó:
- Papá, ¿de qué color son los ojos de mamá?
Carlos tardó en reaccionar unos cuantos segundos. Y al final tartamudeó:
- ¿Qué has dicho?
- Que de qué color son los ojos de mamá. Es que nos han pedido en el cole una redacción sobre cómo es nuestra madre, y el color del pelo me lo sé, pero el de los ojos...
El niño miraba a su padre con la exigencia de un inspector de impuestos. Y Carlos comprendió que no podía responder a una pregunta tan elemental. ¿Eran pardos? ¿O verdes? ¿O aceituna? Se dio cuenta de que hacía muchos años se "sabía" de memoria los ojos de su novia, pero que ahora, tras veintidós años de casado, los había olvidado. Los veía todos los días, a todas las horas, pero ya no sabía su color.
El problema creció cuando ambos comprobaron que Rosa, la hija mayor, tampoco lo sabía. Y lo ignoraba Ignacio, el segundo. Y Angelines, la tercera. Y los cinco sentían cómo dentro de ellos crecía una enorme vergüenza por ignorar algo tan "de cajón".
Por eso cuando Elisa regresó de la compra -¡Verde! ¡Verde! ¡Verde!- no entendía nada al ver que los cinco de la casa contemplaban su rostro como si tuviera pintados monos en la cara. Y descubrían -o redescubrían- que los ojos de su madre y su esposa eran infinitamente más bonitos de lo que ellos imaginaban.

Los hombres vivimos en la rutina, amordazados por ella. Anestesiados. Podemos estar junto a la novena maravilla del mundo sin enterarnos, basta con que llevemos a su lado los años suficientes para haberla olvidado.
Yo he tenido siempre mucha compasión hacia quienes tienen que vivir junto a un milagro artístico. Por ejemplo, hacia la gente que vive frente a la catedral de Burgos o junto al templo de la Sagrada Familia en Barcelona. Han nacido a su sombra, han jugado a sus pies; ya jamás alzan los ojos hacia esos milagros. Se asombran, incluso, de los rostros de los turistas alucinados que por primera vez los contemplan. Porque ver una cosa un millón de veces no agudiza la vista, sino que se convierte en ceguera.